La guerra entre emisoras de radio o televisión está en los contenidos

La programación, en el sentido de un esquema organizado temporalmente de emisiones o actos, se ha terminado. Nació hace miles de años, cuando la única forma de diseminar un mensaje entre un elevado número de personas era reunirlas a todas ellas en un momento y lugar determinados de modo que pudieran escuchar una única voz. Se perpetuó en ceremonias cívicas y religiosas, en paradas militares y ocasiones solemnes, siempre pautadas en lugar y tiempo, siempre con la limitación del alcance de la voz humana: para ampliarlo se construyeron teatros o edificios (iglesias, catedrales, dalas de conciertos, teatros) a menudo con sofisticadas capacidades de ampliación acústica. Pero sin grandes variaciones: para que uno pudiese hablar a muchos había que reunir a esos muchos en un sitio, a una hora: había que hacer una programación.

La escritura comenzó a romper con esa tendencia, ya que es posible leer lo que un autor ha escrito en cualquier momento escogido por el lector; aunque durante siglos la lectura siguió siendo un acto social (y por tanto programado, como las lecturas en los refectorios monásticos) a partir de la invención de la lectura en silencio y personal la tiranía del programa se relajo un tanto.

La programación ha muerto a manos de la infinita abundancia. Ahora vivimos en los tiempos del ‘streaming’

La llegada de la radio y de la televisión sin embargo hizo renacer el género, que floreció hasta el punto de que hoy una emisora es más que nada su programación: los contenidos son más o menos iguales e intercambiables, la diferencia está en el orden en el que se programan. La guerra entre emisoras de radio o televisión está en los contenidos, pero sobre todo en las guerras de programación y contraprogramación que constantemente barren las ondas. Por eso la clave del mundo de la creación en audio y vídeo ha estado siempre en manos de los programadores y no de los creadores: de los editores y distribuidores, y no de los autores. De quienes controlaban la programación.

Internet ha hecho saltar por los aires ese concepto facilitando la extensión de una verdadera Economía de la Atención en la que todo está disponible a la vez y cualquiera puede construir su propio programa de modo independiente. Ya no hace falta esperar a las 21:00 h para ver las noticias, ni a las 24:00 para ver la película picantona, ni a las 14:00 h para ver las noticias del corazón. Si lo que el canal ha programado no me gusta en el instante en el que lo sintonizo puedo ir a ver exactamente lo que me apetece, ya sea en el catálogo de un Netflix o un HBO, ya en Youtube o en alguna de las alternativas menos legales. La programación ha muerto a manos de la infinita abundancia. Ahora vivimos en los tiempos del streaming.

La era de la programación se ha terminado, vivimos en la del continuo devenir

Eso tiene consecuencias, no todas las cuales son positivas; la programación servía para orientar y también para sincronizar la conversación en grandes grupos de personas que siempre podían comentar lo que se había visto la noche anterior en la TV o lo que había dicho el locutor estrella en la radio. Esa facilidad de interconexión y sincronización social ha desaparecido, y el poder absoluto del programador se ha debilitado notablemente. A cambio hemos ganado una casi completa libertad, la posibilidad de diversificar nuestros gustos y la independencia de los medios de almacenamiento, que son inútiles: ¿para qué guardar contenidos que siempre podemos tener a mano cuando deseemos? La era de la programación se ha terminado, y ahora vivimos en la del continuo devenir: quien no se adapte a este cambio radical (medios, políticos, editoriales, periodistas, creadores, críticos) no tendrá mucho futuro. Por mucho y muy glorioso que tengan el pasado.