Por la cara: se acabó la privacidad

PEPE CERVERA. EXPERTO EN TECNOLOGÍA
Pepe Cervera, columnista de 20minutos.
Pepe Cervera, columnista de 20minutos.
20MINUTOS.ES

Sabemos que cada uno de nuestros pasos en Internet son almacenados, controlados, analizados y utilizados para vendernos cosas. Sabemos que nuestros datos se trafican, cruzan, compran y venden, y que en las redes nuestra privacidad es prácticamente nula. Nos hemos acostumbrado a la idea de que en el universo digital somos transparentes, vulnerables y estamos a merced de gobiernos, instituciones y (sobre todo) empresas, que utilizan para sus fines nuestros datos con pocos límites y casi ninguna resistencia. Lo mismo ocurre, incluso a mayor escala, con los datos de los bancos, las eléctricas o las empresas de telecomunicaciones o agua. Pero pensamos que el mundo real está a salvo; que en la calle, los transportes públicos o la muchedumbre de un estadio somos anónimos; que nuestra individualidad personal diluida en grandes grupos de personas está garantizada. Creemos a pesar de la proliferación de cámaras en los lugares públicos el hecho de que no llevemos matrícula garantiza nuestro anonimato y la protección de nuestra privacidad en los espacios compartidos.

Estamos equivocados: ya no es así. El avance de la Inteligencia Artificial ha dejado ya atrás el problema de identificar a una persona a partir de sus rasgos faciales. Nuestro rostro nos delata: los comerciantes y gobiernos del mundo nos pueden ya identificar a partir de imágenes de vídeo, por la cara.

Las primeras aplicaciones, como siempre sucede con estas cosas, parecen casi de risa: la pizzería Peppe de Oslo usa reconocimiento facial en carteles dinámicos en la calle que ajustan su mensaje al sexo, raza o edad de quien los mira, una tecnología que ya ha aparecido en las calles por ejemplo de Dublín. Carteles que personalizan su mensaje, una idea que ya aparecía explotada en la película de ciencia ficción Minority Report hace unos años y que produce entre un encogimiento de hombros y una mueca de desagrado. Ahora tendremos que esquivar carteles que nos llamen por nuestro nombre, además de a los solicitantes de firmas de las ONG. Pero ojalá fuese sólo esto lo que se nos viene encima. Porque las implicaciones de esta tecnología van mucho más allá.

Igual que ahora las policías de todo el mundo pueden usar los datos de flujos de tráfico de automóviles para sus investigaciones este tipo de sistemas permitirá analizar tráfico de personas en la calle, en multitudes, en acontecimientos públicos y celebraciones deportivas. Se podrá saber dónde estuviste, cuándo y con quién en todo momento, porque se podrá identificar y seguir los pasos de una persona en cada cámara de una instalación. Y recordemos que en muchas ciudades y casi todos los sistemas de transporte público se han instalado en los últimos años literalmente millones de cámaras, así que datos no han de faltar. Tendremos una sociedad de transparencia absoluta, especialmente si alguien con el suficiente poder (¿gobiernos, bancos, grandes empresas?) puede cruzar los datos electrónicos de tu vida digital con los de tu vida real (geolocalización vía móvil, identificación facial de cámaras).

Y sabemos lo que ocurre cuando este tipo de datos se recopilan, aunque sea con la mejor de las intenciones: policías que los usan para acosar a sus parejas, analistas de la NSA que investigan a sus exes, hackers que los roban, complots políticos basados en seguimientos, escuchas y chantajes. Eso en el ámbito gubernativo, porque en el comercial poco sabemos. Imagine un mundo en el que cada uno de sus movimientos físicos y mentales no sólo es conocido, sino que está a la venta para que cualquiera lo compre: su jefe, sus clientes, su enloquecido ex, su acosador, su pareja, su entrenador de futbito, su banco, el vendedor de su vivienda, el vecino cotilla... Si esta tecnología se extiende la fusión de estos datos con otras fuentes de información será trivial, y las consecuencias serán catastróficas. Amaremos tanto aquella privacidad de antaño.

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