PEPA BUENO. PERIODISTA

Morir por el periodismo

Pepa Bueno.
Pepa Bueno.
JORGE PARÍS

Los periodistas de este lado privilegiado del mundo solemos quejarnos de que las redes sociales han convertido a cada hijo de vecino en editor de noticias, entrevistador, redactor y corrector. Dos segundos después de lanzar al aire una batería de titulares laboriosamente trabajada por un equipo de profesionales, hay un escuadrón dispuesto a enmendarte la plana, discutir el orden de las noticias, la oportunidad, la redacción y el contexto. Es el tiempo que nos toca vivir, con muchas ventajas y algunos inconvenientes. A veces en la opinión de los que nos critican hay hallazgos valiosos que te dan un punto de vista interesante o fresco sobre la realidad. Y para los que utilizan las redes para insultar o desahogar su agresividad existe el botón de bloqueo.

Pensaba en este lamento minúsculo sobre nuestro trabajo cotidiano viendo la foto del cuerpo del periodista mexicano Javier Valdez tirado en una calle de Culiacán tras ser asesinado. Con su sombrero manchado de sangre. 13 balazos lo derribaron poco después de salir del semanario en el que trabajaba. Asesinado por informar, por contar la guerra sin cuartel entre los narcotraficantes en Sinaloa, el miedo, las complicidades en el aparato del Estado y las víctimas inocentes.

Valdez era un periodista muy conocido en México, una autoridad en la información sobre el narco. Estremece hoy leer el tuit que publicó a propósito del asesinato de otra compañera hace unos meses: "Que nos maten a todos, si esa es la condena por reportear en este infierno. No al silencio". Ya van siete periodistas asesinados en aquel país en cinco meses.

Informar cuesta la vida en Siria, en México, en Afganistán; en abril asesinaron en Rusia a otro reportero especializado en corrupción, y Turquía es la mayor cárcel de periodistas del mundo según el desolador informe que publica cada año Reporteros Sin Fronteras (RSF). Y existen varios agujeros negros en todo el planeta en los que ni siquiera se cuentan los muertos, los encarcelados o los desaparecidos, porque no hay nadie que pueda hacerlo.

Este sigue siendo un oficio hermoso, el mejor del mundo, pero lleva años enfrentado a una crisis financiera –que lo ha precarizado y diezmado– y a una revolución tecnológica que lo obliga a buscar la manera de sobrevivir económicamente y  de seguir siendo útil a su comunidad, una comunidad en permanente transformación. De esta desestabilización se aprovechan los alérgicos a la crítica y al control democrático poniéndole trabas, persiguiéndolo o despreciándolo. A lo que hay que añadir la paranoia que, según el secretario general de RSF, Christophe Deloire, "han desarrollado numerosos dirigentes del mundo al ejercicio legítimo del periodismo".

Pero ante la foto del cuerpo abatido a tiros de Javier Valdez  hay que repetir cuantas veces sea necesario "No al silencio".

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