Siempre dije que me gustaría vivir una temporada larga en Barcelona y la vida nunca me lo ha puesto a tiro. He ido mucho, por placer y por trabajo, visitas urgentes de las que te quedas con un aroma pero sin llegar a penetrar en el ritmo cotidiano de la ciudad, en eso que te permite hacerla tuya, siquiera un poco. Cierto que las grandes ciudades han acabado pareciéndose todas unas a otras, pero es cierto también que hay un fondo pata negra que sobrevive a la monumentalitis, el paisaje, las franquicias y al círculo de amigos de cada cual.

Ahora llevo varias semanas en las que paso más días en Barcelona que en Madrid. Y cada mañana cuando termino el programa en la radio paseo lentamente, callejeo, busco un nosequé con la ansiedad con la que se sigue la pista del amante de una noche en el que intuiste todo un mundo de posibilidades que nunca pudieron concretarse porque los dos teníamos otras urgencias a la mañana siguiente.

Últimamente me he impuesto además preguntarles a todos los catalanes con los que hablo cada día —¡y son muchos!— cómo están, cómo lo viven ellos, cada cual, tomado de uno en uno. ¿Cómo duermen? ¿Qué tal en casa? ¿Se ha agriado mucho el chat de WhatsApp de la familia?, ¿y el de los amigos? ¿Preguntan los niños?, ¿qué les dicen? Más por interés personal que periodístico, más por no perder el norte que por obtener información. Y en general, lejos de las cámaras y de los micrófonos emerge la incredulidad y la amargura. ¿Cómo hemos llegado a esto? Nada más peligroso en este momento que la despersonalización que noto en algunos círculos de Barcelona —"vosotros, los españoles", me dicen— y en ciertos círculos de Madrid —"es que los catalanes…"—. No hay 155 que restaure eso si no ponemos cada cual empeño en restaurarlo, porque aunque la fractura la están sufriendo directamente los catalanes, la preocupación y la angustia se está viviendo en toda España.

Lejos de las cámaras y de los micrófonos emerge la incredulidad y la amarguraPor eso hoy, antes de que llegue el análisis de los detalles, las fechas, las hojas de ruta, las declaraciones, los gestos, la pregunta de Rajoy, la respuesta de Puigdemont y las medidas legales y políticas que a partir de este jueves lo van a inundar todo, les propongo detenerse un minuto a pensar en las personas que conocen aquí y allí —distribuyan el allí y aquí según les convenga—,  tomadas esas personas de una en una. Amigos, familiares, conocidos, artistas a los que admiran, momentos felices o dolorosos compartidos con ellos. Pero no lo piensen en general, es muy importante recrearse en el rostro, la sonrisa, el ademán que los hace únicos e irrepetibles.

Deshumanizar al otro es el principio del fin. Y cuando en medio del griterío les acusen de buenismo, no se achanten porque en la vida real los ‘me gusta’ llegan mucho más lejos que los zascas.