Cuando las mujeres nos adentramos en territorio tradicionalmente masculino (cuando intentamos hablar y habitar espacios que históricamente han sido ocupados por los hombres), el "ataque nos llega indefectiblemente, y no lo provoca lo que se dice, sino el simple hecho de decirlo" (Mary Beard, Mujeres y poder).

En 2014 publiqué mi primer libro y empecé a asistir a mesas redondas, entrevistas y festivales vinculados con mi oficio. Fue entonces cuando comencé a tomar conciencia de las agresiones a las que se nos somete a las mujeres y me costó mucho entender que la discriminación que estaba sufriendo no tenía que ver con un asunto personal, sino que sucedía por el simple hecho de pertenecer a un género y no al otro.

Mi primer titular en prensa fue misógino. La noticia no fue mi trabajo. La noticia fue una parte de mi anatomía que un periodista decidió que era del color de la nieve: "Todos quieren el conejo blanco de Paula Bonet", rezaba el titular. Se me había encargado la imagen de un festival de mediometrajes y yo había dibujado a una mujer con una liebre en la cabeza. Parece ser que los carteles gustaron mucho y un día después de su pegada no quedaba ninguno en las paredes de la ciudad donde se celebraba el evento. De ahí la 'noticia'.

En aquel momento, con el periódico en la mano y segura como estaba de que hombres y mujeres vivíamos en igualdad de condiciones, no fui capaz de señalar el ataque machista. Lo sufrí en silencio, sintiéndome culpable, pensando que había hecho algo mal. Durante años no pude hablar del tema y desde que lo hago, al titular de la versión online del artículo se le han añadido una serie de sintagmas que cambian totalmente el contenido de la oración.

Mi primer libro estaba funcionando bien y yo vivía una situación dolorosa, desagradable e incómoda: moderadores de mesas redondas se permitían opinar sobre la longitud de mis piernas delante de un auditorio lleno, algunas publicaciones proponían sesiones de fotos en ropa interior para promocionar el libro y el mansplaining estaba a la orden del día. Todo aquello era extremadamente confuso.

La sed fue un despertar. Surgió de la necesidad de huir de un lugar que mutila, que etiqueta, que enmudece a las del género al que pertenezco. Busqué leer sobre la experiencia de otras mujeres en situaciones similares y llegué entonces a la obra de autoras como Plath, Sexton o Lispector. Se hizo la luz. Y de inmediato entendí que las mujeres andamos en círculos. Que por más que nos dejemos la piel en nuestro trabajo o por más que rompamos tabúes que hacen avanzar a ambos géneros, el patriarcado, elegantemente, se encarga de borrar todos nuestros logros y nuestros nombres de cualquier lugar.