Queridos Académicos: Recuerdo cuando era niña y mi padre me mandaba a buscar la respuesta a mis constantes preguntas "papá, ¿qué significa esto, eso, aquello y otra vez esto, eso y aquello?" al Diccionario de la Real Academia y yo adquirí la costumbre de acudir a esos volúmenes que fueron aumentando a medida que ustedes y sus predecesores iban publicando nuevos libros y que me parecía que era lo más normal del mundo. Años después, cuando miraba en casas de amigos (me niego a la redundancia y en eso coincido con la Academia de añadir: amigas) fui consciente de que no era tan normal. Tenía suerte y la verdad: fue en gran parte por culpa de sus Diccionarios que acabé estudiando Filología Hispánica.

Nos sentábamos mi padre y yo juntos y buscábamos las nuevas palabras, y aunque suena raro, no lo es tanto, he coincidido con gente, incluso bastante, que hacía lo mismo: leer el Diccionario casi como una novela, página a página. Hasta jugábamos a abrir el Diccionario por una página al azar y preguntar las palabras más difíciles.

Entonces, y durante muchos años lo que más nos sorprendía era encontrar la palabra ‘almóndiga’ en el respetado libro. El tiempo y las ganas de saber por qué había palabras como ésa llevaron a algunos a darse cuenta de que ustedes, señores de la Lengua, siempre ponían delante si se trataba de un ‘vulgarismo’, como en el caso citado. Leer el Diccionario era mucho más que leer un diccionario. Leer el Diccionario era mucho más que leer un diccionario

Cuando hoy, ya ayer cuando lean ustedes esta carta, imprimía la lista de las palabras que seleccionaron para mandarnos como ‘nuevas’ sentí cierta sensación de estafa. ¿Por qué no estaban las 3.345 palabras? ¿Por qué este empeño en no hacer una edición en papel con tal volumen?  

Sí, hay parte de nostalgia de quien ya no tiene veinte años y comienza a adoptar actitudes viejunas (adjetivo que la Academia, por cierto, no ha admitido), pero también hay parte de enfado justo. Si hace una semana se imprimía el volumen del Diccionario Panhispáhico Jurídico, ¿por qué no el de Lengua?

Y ya metidos en tragedia: ¿qué le digo ahora a mi hijo cuando repita las preguntas que yo le hacía a mi padre? ¿Le digo, con ocho años, que encienda el ordenador o le ofrezco los hermosos volúmenes que ya no sirven porque han cambiado tantos significados que ya no hay respuestas allí para él?