Winston Churchill dijo que "el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué fue que no ocurrió lo que predijo".

Seguro que ninguno podía pronosticar que Pedro Sánchez, tras dimitir como líder del PSOE en octubre de 2016 forzado por los barones, y tras renunciar después al escaño, acabaría de presidente del Gobierno en esta legislatura. Pero la política da sorpresas.

El presidente del PP, Mariano Rajoy, logró forjar una alianza que parecía estable con Ciudadanos y también con el PNV y Coalición Canaria. Tenía una mayoría justa pero suficiente para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado (PGE) año a año e ir ganando tiempo. Sánchez, en cambio, parecía diluirse en la oposición, sin presencia en el Congreso. La crisis soberanista catalana y la recuperación económica no le beneficiaban.

Pero la corrupción, finalmente, ha hundido al PP. Tras la dimisión de Cifuentes y el encarcelamiento de Zaplana, vino la demoledora sentencia de Gürtel. De nuevo en escena Bárcenas, Correa, Ana Mato... y lo más grave para Rajoy: el PP condenado por lucrarse de la trama y los jueces dudando de su "credibilidad" al testificar.

Sánchez tenía la oportunidad perfecta para intentar tumbar a Rajoy. Registró la moción de censura para poner contra las cuerdas a Cs y el PNV. El PSOE daba por hecho el apoyo de Podemos, y también de ERC y el PDeCAT (Quim Torra le ayudó al proponer a consellers limpios y forzar el levantamiento del artículo 155).

La promesa de Sánchez de mantener los presupuestos pactados entre PP y PNV fue perfecta para atraerse el apoyo de Urkullu. Se vislumbran comicios generales a corto-medio plazo, pero de momento Pedro Sánchez va a ser presidente, Albert Rivera queda descolocado y Mariano Rajoy, noqueado.