Museos erotizados

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

Antiguamente, los museos tenían salas privadas donde guardaban las obras cuyo contenido erótico podía perturbar a los espectadores. La más famosa estaba en Nápoles, en el Museo Arqueológico, donde existía un "Gabinetto Segreto" en el que se concentraban los hallazgos pornográficos de Pompeya y Herculano. Este espacio enrejado se convirtió en un símbolo de la mojigatería borbónica y solo empezó a permitirse el acceso libre a partir de 1860, cuando Garibaldi derrocó a Francisco II, aunque tiempo después el puritanismo del Reino de Italia y del fascismo volvieran a imponer severas limitaciones a la visita. Hoy un simple cartel (al que nadie hace caso) advierte a los menores de 14 años que han de entrar acompañados por un adulto.

El Museo del Prado también mantuvo una "ala Reservada" en la que se escondía, por ejemplo, el óleo Venus y Adonis de Tiziano, obra que en su momento se consideró muy audaz por mostrar a una mujer desnuda en una actitud de franco requerimiento sexual. Si las sensuales nalgas de esta Venus ya provocaron escándalo, el desnudo frontal y el desparpajo de la Maja desnuda de Goya resultaron insoportables para los moralistas, hasta el extremo de que una emisión filatélica del cuadro en 1930 provocó un escándalo mundial. Por vez primera un desnudo llegaba a los sellos de correos (en esto España también fue pionera) y se consideró inaceptable: algunos países amenazaron con devolver la correspondencia enviada con ese franqueo obsceno.

En el Prado ya no existe ninguna Sala Reservada y las obras antaño consideradas pornográficas se mezclan hoy con las piadosas, los retratos cortesanos o los paisajes. Estos días, con motivo de las felices saturnales del World Pride (con qué facilidad nos dejamos colonizar por los anglicismos), este museo ha propuesto un recorrido homoerótico por su colección, y lo mismo ha hecho el Thyssen, que ha sacado del armario a alguno de sus modelos más hermosos (entre otros, al San Sebastián de Bronzino, una de mis obras favoritas: el muchacho, con el pecho desnudo y un manto sobre la espalda –echado como la toalla de quien sale de una piscina–, lejos de presentar los signos del martirio, parece haber recibido un flechazo de Cupido y se desentiende del espectador; a mí me parece la imagen perfecta de la belleza inalcanzable).

El museo que quizá ha mostrado mayor creatividad y acierto para celebrar las fiestas del Orgullo ha sido el de Artes Decorativas de Madrid, en el que el artista David Trullo presenta quince obras que hacen juego con otras tantas piezas expuestas en la colección permanente. Esta instalación se titula "Queer Cabinet" y recupera la idea de los gabinetes secretos, llenos de rarezas perturbadoras. Trullo, por ejemplo, subraya el erotismo de cierto arte religioso y lo actualiza: un calzoncillo viene a ser el equivalente del paño de pureza de Cristo; su versión fotográfica de San Sebastián muestra un cuerpo abiertamente sexualizado, atlético y velludo, como diana de las flechas del deseo. En una vitrina mezcla fotos de hombres desnudos con medallones de retratos decimonónicos (que me hacen recordar la triste historia de María Antonia de Nápoles, cuyo matrimonio concertaron con el príncipe Fernando de España –futuro Fernando VII–; solo conocía a su prometido por un retrato idealizado y se enamoró perdidamente: cuando la joven princesa vino a Barcelona en 1802 y lo vio en persona, se llevó tal decepción que quedó desconsolada y no pudo consumar el matrimonio hasta meses después, para consternación de la Corte). Los retratos masculinos de Trullo muestran, en ese soporte de aire antiguo, fotos muy actuales que hoy se podrían enviar por Grindr: cuerpos de desconocidos de quienes, como la princesa italiana, nos podemos enamorar perdidamente.

Merece la pena adentrarse en este "Queer Cabinet" en el que el arte habla el lenguaje del deseo, con su inmenso poder de seducción.

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