Septiembre, el final del letargo

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

Hay ciertas ciudades del interior (las de la costa suelen ser diferentes, más bulliciosas y dicharacheras) que en verano se vacían y parecen perder todo su pulso vital. Al igual que los perros somnolientos que se tienden sobre el suelo y se estiran cuanto pueden buscando el frescor, estas poblaciones parecen sestear aletargadas con sus avenidas vacías, se diría que más amplias, como dilatadas por el calor y por la ausencia de coches aparcados, con los semáforos parpadeando inútiles, casi tan decorativos como si fueran árboles de Navidad.

El poeta Rafael-José Díaz llama al mes de agosto el "mes silencioso", y suele serlo en tales lugares (salvo en esos días de explosión que acompañan a las fiestas patronales, pero eso es otro asunto). Luego llega septiembre y todo se anima; la ciudad se despereza, regresan los ausentes y poco a poco se va encarrilando la vida ciudadana. Los semáforos (y, sobre todo, los coches) recuperan, ay, su imperio.

Durante el mes silencioso, los escaparates de las librerías muestran las novelas supervivientes de la temporada (de esa temporada que ya nos parece caduca, lejanísima). A menudo las portadas están descoloridas y hasta parecen anticuadas, como prendas pasadas de moda. En la primera semana de septiembre empiezan a llegar las novedades de la estación literaria (la rentrée, como dicen los críticos, no sin ironía), con cubiertas modernas, diseños estilosos y abundancia de páginas (en los libros ahora está bien visto lucir gruesos lomos, como si fueran las Gracias rubensianas). Vuelven también los grandes autores de aquí y de allá (Javier Marías, Paul Auster) que presentan el fruto de su trabajo de los últimos años, y vienen nombres y temas nuevos, y todo ese carrusel alegre y ruidoso aparta definitivamente a los libros viejos (aunque solo lleven unos meses editados) de la vista del público. Estos volúmenes acaban arrinconados, escondidos o devueltos en cajas de cartón a un almacén remoto. El destino de muchos será la trituradora y su posterior conversión en papel higiénico (esto no es una hipérbole fantasiosa: así sucede). Solo los acogidos en las buenas librerías, los que después acaben en los saldos o los adquiridos por las bibliotecas públicas tendrán una segunda oportunidad para llegar al lector curioso, porque muchos títulos es posible que no sean reeditados hasta dentro de muchos años, o nunca (lo que no es tan terrible porque, por supuesto, buena parte de ellos merece el olvido).

A mí me da mucha pena la vida efímera de los libros valiosos, la de los que, mezclados con la morralla, desaparecen con ella y luego tardan en ser rescatados y recibir la atención y el reconocimiento que merecen. Yo mismo, por hacer examen de conciencia, he visto cómo ha pasado el año y ha llegado la nueva temporada sin que haya escrito aquí sobre varios títulos que me gustaron muchísimo. Me duele especialmente en el caso de los libros de cuentos, que siempre parecen más silenciosos y hasta desamparados que las novelas (que son las que se llevan las atenciones y las caricias de la mayor parte de los lectores, como mascotas mimadas). De todos estos libros, hay cuatro cuyos títulos voy a apuntar aquí, lo mismo que los poetas citan los nombres de sus amados, como testimonio de mi amor y admiración. Me refiero a Nuestra historia, de Pedro Ugarte (Páginas de Espuma, 2016); El letargo, de Rafael-José Díez (La playa del Ojo, 2016); Koundará, de David Pérez Vega (Baile del Sol, 2016); y Mala letra, de Sara Mesa (Anagrama, 2016). En todos ellos hay verdaderas obras maestras del cuento de las que me gustaría hablar con mayor detalle en alguna ocasión futura.

Así que si algún librero sensible lee estas líneas y justo ahora está empaquetando libros para hacer sitio a los recién llegados, yo le pido que indulte estas cuatro obras maravillosas. Si las lee, entenderá mi consejo.

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