El gran silencio es el título de un documental de Philip Gröning estrenado en 2005, que cuenta la vida cotidiana de los monjes en la Grande Chartreuse, la primera fundación de san Bruno. Se oyen pocas palabras (y casi todas cantadas) en las más de dos horas que dura la película.

Es famoso el rigor con el que los cartujos cumplen su voto de silencio. Posiblemente algunos monjes no sabrían distinguir la voz de sus compañeros, ya que es difícil que la escuchen fuera de la liturgia (en la que es muy importante la salmodia y el canto comunitario; de hecho, raramente admiten como monje del claustro a quien desafine). Cuando cantamos nuestra voz suena muy diferente a cuando charlamos (a mí esto siempre me ha parecido algo casi mágico; lo mismo sucede con ciertas personas cuando hablan en otro idioma: su fraseo, su acento y hasta su timbre se modifican de tal manera que parecen otras).

Yo he pasado muchas horas de niño en la cartuja de Miraflores porque mi tío Artemio tenía una granja dentro de la finca monacal. Me encantaba pasear por el templo, ver sus maravillosas obras de arte, sentir el potente olor a boj del patinillo de la entrada y escuchar la campana que marca la vida en la cartuja. Y me gustaba mucho la tranquilidad del entorno, rodeado de árboles (pinos y cipreses tan fragantes como el propio boj), como si el voto de silencio de los monjes se extendiera más allá de los muros y alcanzara a los paseantes, a los turistas y hasta a los gorrioncillos que abundan por allí.

Vivimos en una sociedad ruidosa y nos hemos acostumbrado a recibir consignasVivimos en una sociedad ruidosa y nos hemos acostumbrado a recibir (y repetir) consignas continuamente, a hacer juicios sumarios y estentóreos sobre cualquier cosa, a restregar nuestras opiniones a los demás. Esta última semana ha aumentado la intensidad del barullo y de la violencia (verbal y física). Yo tengo la sensación de estar intoxicándome. Me habría gustado que hubiera existido una suerte de voto de silencio colectivo en España que nos permitiera serenarnos y reflexionar, que nos obligara a comunicarnos solo con gestos mínimos, con señales amables y cariñosas.

El gran silencio también es el título de un precioso libro de poemas de Emilio Gavilanes (Comares, 2013) que nos explica que el "gran silencio" está escondido en el corazón de los bosques. Cualquiera que haya paseado por la naturaleza lo sabe: hay una respiración misteriosa, una quietud en la vegetación que percibimos como silencio, aunque se acompañe con el sonido del viento y el trino de los pájaros. Los árboles, como los cartujos, también saben cantar: un grupo de chopos forma un coro tan hermoso y simpático como el de los jóvenes que esculpió Luca della Robbia en Florencia.

El haiku es la forma poética más cercana al silencio y en estos días tan atribulados, en los que parece que solo se puede hablar de política, me ha hecho muy feliz leer un libro que, como el de Gavilanes, trata sobre las cosas bellas, silenciosas e importantes del mundo (esto es, casi todo lo que no aparece en los periódicos). Me refiero a Filatelia (Renacimiento, 2017) de Aitor Francos, que lleva un prólogo de José Cereijo elocuentemente titulado "Aprender a mirar". De eso se trata: de abrir los ojos y de limpiar la percepción, de ser sensitivos y no impositivos, de olvidarnos de todos los tópicos y encontrarnos con la verdad, que los artistas plásticos solían representar desnuda. Los haikus de Aitor Francos consiguen todo esto. Están en la línea de otros autores españoles como Jiménez Lozano, Susana Benet o el citado Gavilanes, y también, claro, de los clásicos japoneses. Francos tiene ciertos temas recurrentes (las ventanas, los mapas, los cementerios, las telarañas), mucha delicadeza y encanto.

"En la ventana / la luz cierra los ojos / igual que un pájaro", dice uno de sus poemas. Después de leerlo, uno solo puede quedarse en silencio, feliz, meditativo.