Los nogales y el otoño

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

Ha llegado el otoño, la estación más bella y melancólica, cuando los árboles empiezan a mudar de color y pintan el paisaje de arrebatados tonos dorados y ocres. Algunos árboles ofrecen una imagen tan espectacular por estas fechas que incluso poseen una entrada propia en Commons (el almacén de fotografías del que se nutre la Wikipedia, en el que cualquiera puede donar sus imágenes). Así, el arce, el olmo, el haya o el tilo tienen epígrafes propios, en categorías tituladas con el nombre científico del árbol, seguido del de la estación (este va en inglés): "Acer in autumn", "Ulmus in autumn", etc. Hasta hay un apartado para los bonsáis, con sus otoños de miniatura. No son muchos los árboles que merecen el privilegio de poseer esta categoría en la enciclopedia digital (y, con todo, me sorprende que falte el humilde y cantarín chopo, que tanta alegría y color da a muchos caminos, paseos y riberas de nuestro país).

Hace unos días, en Twitter, Arsenio Escolar publicaba las fotografías de dos hermosos nogales cercanos a Hita. Se los veía en mitad de unos campos de labor, y eso me hizo recordar la importancia que tuvieron estos árboles en la vida material y cultural de nuestros antepasados. Ahora muchos nogales languidecen en los campos y los supermercados están llenos de nueces californianas, como si fueran frutos exóticos que solo se pueden conseguir en ultramar.

De momento, en Commons el nogal no solo disfruta de una página otoñal propia, sino de otra aún más singular: "Solitary Juglans regia", esto es, "Nogales solitarios", porque los nogales rara vez forman bosquetes, sino que suelen aparecer aislados en mitad de las campas, con sus amplias copas presidiendo el paisaje campesino como cúpulas catedralicias. Gerardo Diego les dedicó un poema: "Tupido en el octubre como bóveda / como cúpula inmóvil / nos cobija e invita / a su caricia fresca / y van cayendo frutos uno a uno / torturados cerebros". Esa metáfora también mereció una divertida greguería de Gómez de la Serna, que describió la nuez como "Pequeño cerebro, sesada vegetal".

Cuando las faenas agrícolas se hacían a mano y los braceros pasaban el día fuera de los pueblos, este árbol les servía de refugio contra la lluvia o los rayos del sol y permitía que pudieran comer protegidos y sestear durante las horas más abrasadoras (con todo, hay mil refranes que advierten del peligro de permanecer mucho tiempo bajo su sombra: uno puede confiarse y acabar insolado). Además, se consideraba que sus hojas tenían propiedades insecticidas y por eso se alfombraban con ellas cuadras y perreras. Con la mecanización del campo y la concentración parcelaria, muchos árboles fueron talados para aumentar la productividad del terreno. En Rojo y negro de Stendhal se ilustra la razón: "Cada uno de estos malditos nogales, decía el señor de Rênal cuando su mujer los admiraba, me cuesta la cosecha de un tercio de fanega de tierra, porque a su sombra no puede crecer el trigo".

El nogal, como tantos árboles solitarios, ha propiciado las caricias y ha cobijado a las parejas enamoradas que buscaban un rincón de intimidad. En una preciosa canción de Robert Schumann (Der Nussbaum) una muchachita suspira cuando ve el nogal florido que crece frente a su casa (ya nos imaginamos por qué).

Pero este árbol, ay, no solo ha sido testigo de actos amorosos, sino que se ha llevado mil palos. Justo en otoño se varean para recolectar las nueces y por eso dice el refrán: "El nogal lleva fruto por su mal". Yo participé de niño en las grandes y quijotescas palizas que se arreaban a estos árboles, a los que se castiga precisamente por ser generosos.

El amor de Arsenio por los nogales de Hita me ha traído estos recuerdos y quería dedicarle estas líneas con todo mi afecto.

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