La palabra 'humanidad' procede de 'humus' (tierra), el material con el que Yahvé modeló a Adán, que al ser obra directa de Dios era muy hermoso y estaba lleno de gracia y perfecciones. Covarrubias decía que era pelirrojo, con la piel del mismo color encendido del barro del que salió; yo, por mi parte, siempre me lo imagino tal y como lo vemos en el Prado, pintado por Durero: joven, con su melena de rizos dorados, con esa desnudez casi mitológica, como un Apolo en el jardín del Edén, como el príncipe Paris con la manzana de las Hespérides. Como un ser hermosísimo que nos visita en sueños.

Un niño supone que el amor de sus padres es incondicional

La Biblia no nos dice qué pensó Eva cuando vio a Adán por primera vez, pero Gustavo Martín Garzo sí lo cuenta. Según su versión, ella no salió de ninguna costilla, sino que también fue modelada por Yahvé, quien usó el humus del que se nutría el Árbol del Conocimiento (por esto, Eva resultó mucho más sabia que él –y eso que, según Dante, Adán aventajaba en sabiduría a Salomón–). Pese a todo, lo primero que hizo Eva al ver a Adán fue reírse. Le pareció torpe, romo, lleno de pelo, más parecido a un animal que a una persona.

Los artistas siempre se han imaginado a Eva bella y sabia, "con ojos negros", dijo Rubén Darío (si alguien lo puede saber, es él).

Martín Garzo cuenta que Yahvé no expulsó a Adán y Eva del Paraíso, sino que los dejó marchar igual que se suelta a unos pajarillos para que sean libres. De aquellas dos personas de barro, de humus, vinieron muchos hijos (algunos secretos, vergonzantes, que se ocultaron en los bosques) y de ellos procede toda la humanidad, fragante a barro húmedo. Cuando dos jóvenes se desnudan hoy por primera vez (en un jardín, en un coche, en la casa paterna vacía) quizá se repite aquel episodio del Edén y vuelve a sonar la risa de Eva, un poco nerviosa.

En esta novela los jardines de las ‘Mil y una noches’ florecen en Canaán, fragantes y hermosos 

Según el Génesis, la primera persona en reírse no fue Eva, sino Sara, la mujer de Abraham, una anciana de 90 años que no pudo contener la carcajada cuando su marido, el centenario Abraham, le comunicó que iba a parir un hijo (su primogénito) al que llamaría Isaac (nombre que, precisamente, significa "risa"). Jiménez Lozano recrea esta historia en una preciosa novela titulada Sara de Ur, escrita en estado de gracia.

Hay dos episodios de la vida de Isaac que todos conocemos. Uno pertenece a su juventud y otro a su vejez. El primero le presenta a punto de ser degollado por su padre. El segundo nos lo muestra ciego, bendiciendo a su hijo Jacob, al que confunde con Esaú (que se comió el plato de lentejas más recordado de la historia).

A mí, de pequeño, el episodio del sacrificio me resultaba incomprensible. Un niño supone que el amor de sus padres es incondicional: de cualquier otra cosa podría dudar, salvo de que no hay nada por encima del amor que le profesan. Y, sin embargo, Abraham está dispuesto a acuchillar a su hijo. A mí esta idea me resultaba tan perturbadora como el cuento de Pulgarcito, con esos padres que abandonan a sus hijos en el bosque.

¿Cómo mata uno a su hijo? ¿Le tapa la cara con la manaza, como lo representa Rembrandt? ¿Lo intenta rebanar con frialdad de carnicero, al estilo de Caravaggio? ¿Le tira violento de los cabellos mientras mira al cielo, como talló la escena Berruguete? Y tras la salvación in extremis de Isaac, ¿qué pasó después? ¿Cómo afrontó ese muchacho la vida tras haber visto la mirada homicida de su padre?

De esto habla la novela No hay amor en la muerte de Gustavo Martín Garzo (Destino, 2017), recién publicada. Es una obra muy original, escrita en versículos, casi onírica, llena de sensualidad. A menudo parece que los personajes del Génesis habitaran el huerto del Cantar de los Cantares o, mejor aún, que Sherezade contara, a su manera, los episodios del Antiguo Testamento.

Parece imposible, pero es así: en esta novela los jardines de las Mil y una noches florecen en Canaán, fragantes y hermosos, llenos de risas femeninas.