Ya estamos a las puertas de enero, mes que recibe su nombre del dios Jano (Ianus, en latín), a quien siempre se representa con dos caras que miran en direcciones opuestas: una hacia el pasado y otra al futuro, una al interior (de las casas, de las ciudades) y otra hacia afuera, al camino.

Este Jano bifronte era, por excelencia, el dios inceptor (acojo amorosamente esta palabra a la que acaban de expulsar del diccionario de la RAE, pese a su intachable comportamiento): era Jano quien presidía el comienzo de cualquier actividad, el garante de los ciclos de la naturaleza y, por ello, protector de la agricultura. Su imagen estaba en las puertas, en los puentes, en los lugares de paso. Todos nos convertimos en unos pequeños Janos (con los rostros enfrentados, eso sí) cuando nos levantamos de la cama y nos asomamos al espejo: hemos salido del mundo de los sueños y empezamos la jornada (¡y qué gran viaje hemos hecho solo con esto!); nos escrutamos el rostro y, con él, no pocas veces, el alma: ante el espejo se juntan y confunden esas dos miradas, la interior y la exterior.

Estos días decembrinos, además, hacemos balance del año que se acaba y trazamos planes para el que viene. En los cuentos populares los magos utilizan los espejos para adivinar el futuro, pero en realidad solo podemos ver en ellos el pasado: como en una aporía de Zenón, la imagen llega al cerebro con un fugacísimo retraso, el mismo que impide a Aquiles, el de los pies ligeros, alcanzar a la tortuga. En el espejo siempre vemos al que fuimos, nunca al que somos.

Todos nos convertimos en unos pequeños Janos cuando nos levantamos de la cama

Sobre espejos trata, precisamente, la última convocatoria del concurso de aforismos que lleva el nombre de Rafael Pérez Estrada, quien tantos y tan preciosos textos escribió sobre este tema. Se acaba de fallar y el ganador ha sido el escritor Antonio Rivero Taravillo. Quisiera dedicarle a él (con mi enhorabuena) y a todos los lectores unas greguerías propias y especulares, como lectura propiciatoria para que el dios Jano nos deje traspasar la frontera invisible del año y nos acoja en 2018 con benevolencia y alegría.
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Por encima del espejo hay un titiritero invisible que, muy hábilmente, mueve los hilos de nuestro reflejo.
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Los espejos, esos muebles felinos, cazadores silenciosos, siempre acechantes.
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Amamos los espejos, pero quien nos abraza, recibe las caricias y se apropia de nuestro olor es la toalla.
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No hay nada peor que tener un espejo irónico que nos mire con escepticismo.
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Puso un dedo sobre el espejo en el lugar preciso y se abrió la puerta que comunicaba con el país de los muertos. Bajó las escaleras y se sorprendió al encontrar en aquel sotanillo una gran fiesta, llena de alegría, disfraces y música. Lo estaban esperando.
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Espejo: glaciar doméstico, pared de hielo, llanura lapona, nevero alpino, novelita por escribir de Verne.
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Los niños pequeños se empinan para asomarse a los espejos con el mismo pálpito oscuro que tuvo Eva al ponerse de puntillas para alcanzar la manzana.
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El espejo se enturbia al perder el azogue igual que un río se estanca y envenena. Pronto aparecen peces flotando panza arriba, intoxicados por el mercurio. Todos los días limpio el espejo de la casa de mis abuelos con una red. Hoy he pescado un caballito de mar y una sirena exánime y bellísima.
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Los que se miran de perfil en un espejo tienen aires de grandeza o vocación de filatélicos y numismáticos. Casi todos acaban estrábicos.
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Nada más levantarnos nos asomamos al espejo como quien se acerca a la taquilla de la vida y compra una entrada para la función del día.
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El espejo es nuestro primer médico de cabecera, con su mirada fría y profesional, detectora de bultos y manchas.
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Los espejos hacen espiritismo y nos invocan para que aparezcamos. Les damos unos sustos de muerte, pero disimulan muy bien.
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El último aliento se lo dedicamos al espejo y así se va el alma, como patinando sobre hielo.