La primera persona que imaginó un laberinto seguramente lo vio en un sueño. Todos conocemos esa sensación onírica de estar en un sitio que a la vez nos resulta familiar y extraño, del que no podemos escapar, donde nos resulta imposible orientarnos. Abrimos una puerta y llegamos a una estancia con dos puertas más; avanzamos por un pasillo y, cuando miramos atrás, el paisaje que encontramos es diferente al que vimos hace unos segundos.

Abrimos una puerta y llegamos a una estancia con dos puertas más

Los laberintos son una metáfora de la propia vida. ¿Qué sentido tiene nuestra existencia, el vagar por el mundo? La única salida es la muerte, pero ¿adónde conduce esa puerta que solo se cruza una vez? ¿Nos aniquila del todo o quizá nos lleva a otro laberinto? ¿Quién lo sabe? En su último concierto, el cantante Chris Cornell se despidió del público diciendo que sentía pena al pensar en la próxima ciudad en la que iba a cantar (se suponía que porque no iba a disfrutar tanto como allí, en Detroit). Luego fue al hotel y se suicidó. ¿Está Chris Cornell en esa ciudad de la muerte? ¿Se parece, quizá, a Detroit? Los teólogos cristianos llaman al Paraíso "la Jerusalén celeste" y en las catedrales medievales vemos sepulcros y portadas donde se representa a los apóstoles en ese paisaje urbano del Más Allá.

El Paraíso y los laberintos pueden tener forma de jardín, de arquitectura vegetal. Los arquitectos neoclásicos los diseñaron con setos de ciprés, el árbol que, por excelencia, relacionamos con la muerte (así sucede en el Parque del Laberinto de Horta, en Barcelona), y colocaron estatuas marmóreas para recordar a los viejos dioses olímpicos. Cuando los musulmanes extienden sus alfombras para rezar, la intrincada decoración vegetal les evoca el Paraíso en el que algún día entrarán con los pies desnudos. También descalzos representa el arte cristiano a todos los santos que habitan el Cielo (y que Fra Angelico hace bailar en corro con los ángeles). Pese a su aspecto amable, el Más Allá es una cárcel: de allí no se sale; quien entra una vez, queda encerrado para toda la eternidad. Ni siquiera existe la puerta de la muerte.

Pese a su aspecto amable, el Más Allá es una cárcel: de allí no se sale

Los laberintos representan, a la vez, el orden y el caos; el rigor de una mente creadora y la crueldad de la bestia que habita en ella; la mayor protección y la extrema fragilidad. El más famoso de los laberintos, el que resume todas estas cualidades, es el de Creta. Allí el rey Minos encerró al Minotauro, cuya furia se aplacaba con sacrificios humanos (se le ofrecían tanto jóvenes varones como hembras, que vagaban desesperados por las calles, sin hallar la salida, hasta que se topaban con el monstruo).

He pensado en todo esto al visitar la exposición Canon de Mateo Maté en la Sala Alcalá 31 de Madrid. Como Dédalo, Maté construye un verdadero laberinto (en este caso, delimitado por postes unidos con cintas retráctiles) poblado por esculturas clásicas. A simple vista, uno podría pensar que entra en una Escuela de Bellas Artes dieciochesca, pero pronto descubre que casi todas las piezas son híbridos en escayola de imágenes antiguas, todas muy conocidas.

Maté nos enfrenta al canon antiguo, que los artistas aprendían copiando las obras maestras de Grecia y Roma (canon que todavía está vigente en los cuerpos "escultóricos" que nos presenta la publicidad), y el nuevo canon que se va fraguando en la sociedad actual, en el que se diluyen la diferencias entre los sexos, se exalta lo andrógino, se mezclan las razas y se elogia lo que quizá antes se ocultaba o desdeñaba. En la exposición podemos ver un Apolo con vulva, a la Venus de Milo con los pechos caídos, a un Adonis panzudo o a la Venus de Canova con un nuevo rostro, el de una joven negra.

Este laberinto también tiene su monstruo: un Hipocéfalo, mezcla de hombre (el Torso Belvedere) y de caballo. Y todo lo preside el crucificado de Cellini, bello, desnudo y roto como un dios pagano, tan perdido en este laberinto como lo estamos todos.