La calle en la que transcurrieron mi infancia y juventud daba a un polígono industrial, allí donde acababa la ciudad (en una señal de tráfico junto a la Nacional I, el nombre de Burgos aparecía tachado por una diagonal roja), así que soy hijo de la periferia, de esos barrios obreros que colindan con el campo, las fábricas, la vías del ferrocarril y los cuarteles (que de todo había en Gamonal).

García Casado presenta el paisaje de  la periferia como un lugar ‘propicio al amor’

Estos días he leído o releído tres libros de poemas que proponen un viaje al extrarradio desde muy diferentes perspectivas.

Uno de ellos es Las afueras de Pablo García Casado, libro que cumple quince años de su publicación (lo hizo en la entonces recién fundada, y hoy ya desaparecida, editorial DVD, cuyo catálogo acabó siendo uno de los más valientes, variados y valiosos de España).

Los poemas de García Casado presentan el paisaje de la periferia como un lugar "propicio al amor" (evoquemos a Ángel González): a sus descampados llegan los coches de los estudiantes y allí (casi) siempre encuentran la intimidad para amarse. Años después, en esos solares, se construirán las casas que habitarán esas mismas personas, ya no tan jóvenes ni tan enamoradas. En los versos de García Casado la felicidad es un espejismo y el desengaño parece dominarlo todo: la vida a los diecisiete años, nos dice, ya era triste, y a partir de ahí los días se repiten y la existencia se convierte en "un tren que realiza siempre el mismo recorrido / entre dos ciudades cada vez más alejadas".

En casa, cuando nos llegaba el sonido lejano del pitido del tren, mi madre -como en una réplica de Ionesco- decía siempre: "Va a llover". Y recuerdo la lluvia mansa, aquellas campas embarradas y los coches de los enamorados. Aquel paisaje desapareció después, cubierto por el asfalto y las construcciones modernas.

Muy diferentes son los versos de Carlos Sahagún, autor de la Generación del 50 (la de Gil de Biedma, Valente o Gamoneda). La editorial Renacimiento publicó en 2015 sus poesías completas, poco después de que el poeta muriera, y gracias a ello se ha vuelto a leer a este escritor tan valioso y casi olvidado. En su poema Afueras de Madrid cuenta cómo alguien regresa a la "frontera insomne" del extrarradio, a esas "calles / desguarnecidas donde ejercitara / el duro oficio de la adolescencia / la insurrección sin armas".

Sahagún se llena de rabia en sus versos políticos, en los que execra al dictador; otras veces se adentra en unos paisajes muy melancólicos de su alma y explora unos lugares llenos de misterio situados en las "afueras obstinadas / de la memoria".

Yo me acuerdo también de haber vivido junto a una escombrera

Otro poeta que visita esas "afueras obstinadas" es Eduardo Fraile. Su libro Me asomo a la ventana y pasa un ángel (Difácil, 2017) comienza siendo una recopilación de artículos publicados en la prensa regional y, uno no sabe cómo, acaba convirtiéndose en un poemario (el tono y la sustancia de los textos es la misma, estén en prosa o en verso). En ellos aparecen, de nuevo, los barrios periféricos, en este caso los de Madrid (la calle de San Telesforo, en Pueblo Nuevo) y Valladolid. En esta ciudad, cuenta cómo iba a jugar al páramo de San Isidro, donde había un campamento gitano y también un vertedero. Su padre le llevó allí un día para buscar entre los desechos piezas para una manualidad que le habían encargado en el colegio. "Entonces me dio vergüenza y miedo, y durante mucho tiempo no supe qué pensar. ¿Éramos pobres?", escribe el poeta.

Yo me acuerdo también de haber vivido junto a una escombrera (la de la fábrica Plastimetal) y de haber jugado allí de niño, y de volver a casa, a veces, con algún tesoro humilde rescatado del basurero (recuerdo un lápiz con dos cabos, uno rojo y otro azul).

Seguramente, cualquiera que conozca la periferia de una ciudad (y entre los lectores de 20minutos habrá muchos) se identificará con estos tres poetas, que les recomiendo vivamente.