Tres fieras salvajes en la Feria del Libro

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

En primavera, cuando llega el día de Sant Jordi en Barcelona o la Feria del Libro en muchas ciudades de España, se produce una especie de milagro muy conmovedor: los libros se convierten en los protagonistas de la vida ciudadana y la gente sale en riada a la calle para comprarlos (o, al menos, para curiosear y pasear entre ellos).

Al igual que hay ciertas personas que solo juegan a la lotería en Navidad, otras compran un libro (el único del año) en los ubérrimos tenderetes del 23 de abril o de las ferias. Ambas cosas (el premio gordo o un buen libro) pueden cambiarnos radicalmente la vida, aunque parece cierto que con la literatura es más fácil tener suerte: los lectores hemos desarrollado un instinto casi infalible que nos conduce a las obras que nos interesan, aunque antes desconociéramos el título o su autor.

O quizá sea al revés: son los libros los que reconocen a las personas que los deben leer y saltan a nuestros brazos desde los escaparates o las mesas de novedades. Se producen entonces verdaderos flechazos, tan intensos y fulminantes como cuando nos cruzamos con una persona y nos enamoramos de ella. Yo recuerdo, de jovencito, haber comprado en un mercadillo de Burgos Boquitas pintadas,Viaje al fin de la noche o La guerra del fin del mundo por puro pálpito (pálpito literal, porque a veces se me aceleraba el corazón cuando llevaba a casa un libro nuevo que me apetecía mucho leer). También en aquella época de bachiller llegaron a mis manos los dos tomos de una antología de poesía portuguesa seleccionada por Ángel Crespo que me hizo descubrir a Eugénio de Andrade o a Sophia de Mello Breyner Andresen (de esta poeta, los días en los que cae un sol de fuego sobre las casetas del Retiro en Madrid y los pinos sudan resina, me acuerdo de sus versos "Os pinheiros gemem quando passa o vento / O sol bate no chão [suelo] e as pedras ardem").

Algunos escritores se deprimen profundamente durante las ferias. Buena parte de lo que se publica (y se vende y se lee) les parece una soberana tontería que embota el cerebro y los autores que congregan mayores colas suelen ser famosos de la televisión sin méritos literarios (y, a veces, se diría que sin alfabetizar). A mí esto no me desalienta. Prefiero fijarme en, como diría Juan Ramón Jiménez, la "inmensa minoría" (más numerosa que la supuesta mayoría) y en todas esas obras ignotas que uno descubre en estas ocasiones en las que los libros salen a la calle.

Este año la Feria de Madrid está dedicada a Portugal. Si pienso en la literatura de este país, los tres libros que primero se me vienen a la cabeza (y, seguramente, los que más me han marcado) son estos: El libro del desasosiego de Pessoa, El otro nombre de la tierra de Andrade y El mandarín de Eça de Queirós.

El libro del desasosiego no puedo estar seguro de haberlo leído entero, no solo porque su contenido varía según las ediciones, sino porque es una de esas obras que pide una lectura desordenada, a saltos. Se trata de un cuaderno misceláneo de anotaciones o un falso diario (Pessoa lo atribuye a su heterónimo Bernardo Soares) lleno de un pesimismo existencial que a mí me impresionó mucho de joven, cuando me gustaba leer sobre las negruras del alma. Para salir de ellas, nada mejor que los radiantes versos de Andrade en El otro nombre de la tierra, un poemario que llegó a mi vida cuando más necesitaba alegría, belleza y luz, y me las proporcionó a raudales. Si uno quiere perseverar en la senda de la felicidad, allí se encontrará con la preciosa novelita El mandarín de Eça de Queirós, tan bienhumorada y encantadora, llena de fantasía y de un divertido exotismo, como si fuera una pieza de Ravel.

Entre tanta literatura aborregada e industrial, estos libros son tres fieras salvajes, libres, bellísimas. Y tres clásicos que abrirán la puerta de la literatura portuguesa al lector curioso que aún no haya tenido ocasión de disfrutarla.

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