Estatuas manchadas de sangre

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

El mito de Pigmalión ilustra lo que todos sabemos: que es posible enamorarse de una estatua (a mí me pasa a menudo, especialmente cuando viajo a Italia). Ahora, sin embargo, parece que nos sucede todo lo contrario y estamos empezando a aborrecerlas.

Algunas, desde luego, se lo merecen. Jardiel Poncela proponía esta definición: "Monumento: bloque de piedra que perpetúa un personaje ya desaparecido y que sirve para poner en ridículo a un hombre ilustre y a un escultor".

Esto lo escribió Jardiel hace noventa años, cuando en España todavía no proliferaban esas rotondas en las que se alzan unos conjuntos escultóricos tan feos y aparatosos que causa asombro verlos y que muchas veces no se sabe qué representan. Tampoco había llegado la moda de la chatarrería de acero Cor-ten, ni esa invasión de estatuas a ras de calle que exalta rancias costumbres, peculiaridades locales o los oficios más variopintos, como si se remedara un belén napolitano necrosado: allí se mezclan cabras, toros, perros perdigueros, bomberos vestidos a la antigua, barrenderos con gorras de plato, castañeras, lavanderas, nazarenos, tamborileros, guardias de tráfico, danzantes regionales, peregrinos, botijeros, etc.

Entiéndaseme, no critico tanto el material (una escultura puede ser tan horrible en acero Cor-ten como en mármol de Carrara) o el tema (aunque la exaltación casticista me resulta antipática) como la fealdad de muchas de esas obras. Para mí, si algo es bello, su existencia ya está justificada. Pero tengo la impresión de que el paisaje de las ciudades y pueblos se ha envilecido con la instalación de una multitud de bultos y composiciones de nulo valor artístico. Pasear por ciertos lugares a veces produce sonrojo.

Aparte del afán de ciertos alcaldes por decorar la ciudad como si fuera el salón de su casa, llenándolo de figuritas extravagantes, esa predilección por lo costumbrista (o por lo abstracto, si les da un ramalazo moderno) creo que se debe a que quieren evitar todo asunto polémico, porque en muchos sitios las estatuas se han vuelto unas vecinas muy incómodas. Pienso en España y los símbolos franquistas, o en Estados Unidos, donde la revisión de la historia no solo alcanza a los personajes esclavistas de los Estados Confederados (como el general Lee, otrora héroe romántico y prototipo del caballero sureño), sino también a Colón o los evangelizadores españoles (la estatua del almirante en Central Park amaneció con las manos pintadas de rojo y la de Junípero Serra fue decapitada y también manchada en una misión californiana). La de Colón, por cierto, es una versión en bronce de la que corona el monumento de Madrid, que el propio escultor Jerónimo Suñol fundió por encargo de la Sociedad Genealógica y Biográfica de Nueva York para celebrar el IV centenario del descubrimiento. Es una bonita obra.

Muchas estatuas colocadas en lugares públicos obedecen a un afán propagandístico y suelen hablar más de la mentalidad de sus promotores que de la de los personajes homenajeados (es lo que sucede con Colón, en el que importa menos su figura histórica que el contenido simbólico que se le quiera atribuir). A mí me parece bien que se retiren las figuras de los tiranos y que sus estatuas se guarden en los museos. Una dictadura que se autohomenajea ostentosamente no tiene por qué perpetuarse hasta el fin de los tiempos en el paisaje ciudadano, señalando con el dedo o la punta de la espada un lugar hacia el que la sociedad no quiere ir. Tampoco debemos cargar para siempre con un bodrio costumbrista colocado por el capricho de un alcalde. Pero, en el caso de personajes ya remotos (como Colón) y de obras con valor artístico, deberíamos ser cautos y comprensivos. Una sociedad culta debe ser capaz de contextualizar cada figura (sea Viriato, Augusto, el Cid, Santiago Matamoros, Napoleón o Bolívar) y saber colocarla en el lugar más apropiado

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