Sigmund Freud recordó gracias a un sueño un episodio de su pubertad que a mí me gusta mucho. Cuando estaba aprendiendo a nadar, en Viena, en torno a 1870, los hombres y las mujeres se bañaban en turnos distintos. En cierta ocasión, cuando el jovencito Freud entró en la piscina, vio cómo el monitor se dirigía corriendo a un extremo y ayudaba a alguien a salir: era una mujer que, despistada, permanecía en el agua más allá de su hora.

Freud apenas comenta sus sensaciones. Sin duda, se trata de un recuerdo erótico (que quizá entonces aquel niño –al que imagino con bozo y el cuerpo desgarbado– ni siquiera percibió así). El agua había acariciado las pieles desnudas del muchacho y de la mujer, había puesto en contacto sus cuerpos y establecía entre ellos un vínculo sexual que perduró, tantos años después, en su inconsciente.

He pensado en esta anécdota de Freud al leer La ofrenda (Galaxia Gutenberg, 2018), la última novela de Gustavo Martín Garzo, que acaba de llegar a las librerías y que me ha subyugado por su misterio y sensualidad.

Martín Garzo resume en los primeros párrafos lo que va a suceder en las páginas siguientes: una joven española, Patricia, decide aceptar un puesto de enfermera para atender a una anciana ricachona que vive en una mansión casi en el otro extremo del mundo, en una islita próxima a Madagascar. Patricia tenía pensado residir allí solo unos meses, los justos para reponerse de una relación amorosa frustrante, pero al final se instaló en África y ya no regresó nunca. La razón no fue el cuidado de la anciana, sino "él". "Él" no tiene nombre (solo muy al final se le aplica un apelativo cariñoso, Odradek, sacado de un cuento de Kafka) y ni siquiera es una persona. Se trata de una criatura anfibia que vive en las aguas tropicales, entre "raíces, limo y plantas acuáticas", un gigante antropomorfo y centenario que solo sale de la laguna por las noches, al reclamo de los madrigales de Gesualdo que suenan en un tocadiscos. Este ser acuático no sabe hablar, pero emite unos sonidos que se parecen al canto de las ballenas (yo no podía dejar de recordar la Litany for the whale de John Cage, una obra bellísima, tan extraña e intrigante como la propia novela de Martín Garzo y que podría servir como banda sonora de la historia, además de las músicas de Gesualdo, Bach, Chopin o Gluck que se citan expresamente).

La ofrenda me evocaba, al principio, ciertas narraciones de Somerset Maugham con las que comparte exotismo, morbidez y el aire de amenaza velada que se cierne sobre los personajes; luego pensé en Henry James y su Otra vuelta de tuerca cuando Patricia llega a un caserón aislado donde se intuyen secretos y presencias fantasmales; también me acordé de Solaris de Stanisław Lem: durante muchas páginas "él" está oculto y el protagonismo lo tiene una laguna que parece poseer el poder de evocar en quienes nadan los recuerdos y sentimientos personales más recónditos y olvidados, que brotan con la misma viveza que los sueños (también abundantes en este libro).

El autor declara en una nota final su deuda con la película La mujer y el monstruo (1954) de Jack Arnold, una historia de terror ambientada en el Amazonas en la que se recrea el mito de la bella y la bestia. A ningún lector de Martín Garzo le extrañará esta doble inspiración en lo cinematográfico y en los cuentos de hadas. Tampoco la perspectiva femenina del relato, su encendido erotismo, el tono poético de muchos pasajes, ni la original arquitectura narrativa (la historia está narrada por una voz en segunda persona que se alterna con los diarios de la protagonista).

El espíritu que parece haber dictado esta novela se podría resumir en una de sus frases: "Nuestra única patria es el cuerpo de los seres que amamos". Y para los ojos de quienes aman no hay cuerpos monstruosos.