El último y apasionante libro de Jon Bilbao (El silencio y los crujidos, Impedimenta, 2018) está compuesto por tres novelas breves muy diferentes entre sí que conforman lo que el autor denomina un «Tríptico de la soledad». Son obras que se pueden leer de forma independiente; cada una de ellas tiene pleno sentido y autonomía, aunque compartan algunos elementos: así, el afán de aislamiento que sienten los protagonistas masculinos (todos se llaman Juan) o una presencia femenina siempre próxima a ellos, Una, encarnada, según los casos, en una niña, una serpiente o una anciana. En estas tres novelas los hombres son personajes que dedican sus vidas a perseguir objetivos concretos y, si se quiere, egoístas (la ascesis espiritual, el conocimiento científico, el éxito empresarial); ellas, sin embargo, parecen símbolos casi oníricos, como si fueran proyecciones del inconsciente de los Juanes. Ellos son hombres reales y pertenecen plenamente al mundo (aunque se suban a una columna para rezar o se encierren en una torre); ellas tienen algo de fantasmagórico y dan la impresión de estar en contacto con fuerzas misteriosas e inquietantes. Su naturaleza es ambigua y no se sabe muy bien si son protectoras o carceleras.

Jon Bilbao, ya desde los primeros cuentos que publicó en 2005, es un narrador muy original, de estilo enormemente preciso, amante de contar historias en las que lo perturbador y lo extraño (cuando no lo fantástico) están siempre, de una manera u otra, presentes. Uno de sus temas favoritos es la incomunicación, que suele desarrollar mostrando relaciones familiares o de pareja. Otro, el poder desestabilizador del miedo o de la violencia cuando irrumpen en la vida cotidiana. La felicidad es frágil y la plenitud, inalcanzable, parece decirnos.

Salvo la novela Shakespeare y la ballena blanca (Tusquets, 2013), las obras de Jon Bilbao se desarrollan en la actualidad, así que la primera sorpresa que nos depara El silencio y los crujidos es que comience contando la historia de dos estilitas bizantinos del siglo vi. Al estilo de las hagiografías de Santiago de la Vorágine, en Columna nos presenta a un hermoso y acaudalado muchacho de Constantinopla quien, lleno de fe, decide abandonar la casa paterna para llevar una vida de penitencia en lo alto de una columna. El joven toma el nombre de Juan en recuerdo del Bautista, el febril profeta del desierto y precursor de Jesús. Y como sucede a veces en La leyenda dorada, Juan el estilita ha de enfrentarse primero a su propia y pérfida madre, que quiere apartarle de su vocación, y luego (tras trasladar su columna a un lugar más remoto, cerca de donde vive otro estilita viejo y santo que congrega a multitudes de peregrinos), deberá luchar consigo mismo, con sus pensamientos, dudas y alucinaciones. Al leer esta novela, me acordaba de obras muy queridas por mí como Las tentaciones de san Antonio de Flaubert, Tais de Anatole France o la película Simón del desierto de Buñuel, con las que comparte temas y valores.

Los Juanes protagonistas de las otras dos partes, ‘Tepuy’ y ‘Torre’, son una suerte de eremitas modernos, aunque su afán de aislamiento no esté motivado por la búsqueda de Dios. El primero es un biólogo que descubre a finales de los años sesenta una nueva variedad de rana en una meseta venezolana deshabitada y casi inaccesible, y el segundo, un polémico empresario de internet, enriquecido gracias a una página pornográfica, que vive oculto en Menorca. Esta última historia tiene el interés añadido de transcurrir en un futuro próximo y de presentar conflictos que quizá estén germinando hoy.

Pero es mejor que me detenga aquí, para no desvelar al lector las sorpresas que se va a encontrar en las novelas. Jon Bilbao es un fabulador nato: original, inquietante, poderoso, dueño de una voz inconfundible. El silencio y los crujidos es una muestra excelente de todas estas cualidades.