Victor Hugo afirmó en Los miserables que "No sería un odio inteligente el odio al lujo. Este odio implicaría el odio a las artes" (repite cuatro veces la palabra "odio", sí, qué le vamos a hacer). Quizá inspirados por el escritor francés, los ricos de España se han unido para promover que la Real Academia cambie las definiciones actuales de "lujo" que, según el marqués de Griñón, son inexactas y muy despectivas porque relacionan tal concepto únicamente con lo excesivo, innecesario y caro.

La iniciativa ha sido impulsada por el Círculo Fortuny, un club de grandes empresas que toma el nombre de Mariano Fortuny y Madrazo, un inquieto artista hijo del gran pintor Mariano Fortuny, de quien heredó el amor por la plástica (y el lujo). Los Fortuny encantaron a los millonarios de sus respectivas épocas y parece que siguen gustando a los de la nuestra. Un ejemplo de la reputación internacional del padre lo tenemos en la maravillosa novela El mandarín (1880) de Eça de Queirós: lo primero que hace el protagonista al heredar una fabulosa fortuna es comprar una mansión y decorarla con obras de Fortuny y de Corot. Al lector del XIX le bastaba con esto para saber que el personaje vivía en el colmo de la exquisitez y del capricho. El propio Fortuny (padre) tenía su taller repleto de objetos suntuarios: antigüedades, muebles, armaduras, tapices, alfombras, joyas y otras artesanías, todo ello colocado con mimo. En este ambiente refinado (y abigarrado, al gusto de entonces) presentaba sus cuadros a su selecta clientela. Una buena muestra de su arte –con evocación del taller incluida y pinturas en las que aparecen retratados sus hijos– se puede admirar ahora mismo en la exposición que le dedica el Museo del Prado (quedan ya muy pocos días para que cierre, así que deben darse prisa si desean visitarla).

Volviendo a la definición de "lujo", yo me imagino que habrá en la Real Academia un Departamento de Atención al Agraviado (DAA) que se encargue de despachar estas quejas, porque apenas hay día en el que alguien no pida (a menudo airadamente) que se corrija tal o cual definición. Hay casos en los que, ciertamente, el diccionario se va quedando obsoleto y necesita matizar o reformular sus contenidos. Muchas palabras nacen y otras mueren, las hay que se enriquecen y otras que pierden significados. A algunas se las ve languidecer, como plantas mustias. A mí me produce mucha ternura encontrar en el diccionario de 1732 la afirmación de que "enamoramiento […] es voz antigua y de poco uso" (se ve que luego, a finales de siglo, llegó el Romanticismo, la gente se volvió a enamorar locamente, la palabra retoñó y se salvó de desaparecer). "Sexo débil", "mujer fácil", "gitano", "judío" o "matrimonio" han sido términos sobre los que se ha polemizado de forma encendida y pública, y todos ellos se han beneficiado de oportunas matizaciones. Y ahora, desde el lugar más inesperado (algún despacho de plutócratas decorado con Fortunys y con aroma a habanos) llega al DAA la querella del lujo.

Yo, cuando leí la noticia, pensé que era una broma, pero después de consultar el diccionario creo que los ricos tienen su parte de razón y que algunas de las acepciones actuales de "lujo" son mejorables. La primera ("Demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo") tiene una redacción añeja y redicha. La última ("Todo aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo") puede expresarse de manera más clara. Y, desde luego, se podría añadir una nueva que explique el valor ponderativo que damos a la palabra cuando queremos alabar algo o a alguien. "Es un lujo estar contigo", le decimos a una persona cuya presencia es todo lo contrario de superflua o gravosa.

Así que me uno a la petición de los fúcares para que la palabra "lujo" tenga la suntuosa y bruñida definición que merece.