Cuando uno va al Teatro de La Latina, en Madrid, siempre espera encontrarse con lentejuelas y plumas de vedette en los asientos, no solo por el recuerdo de la que fue su dueña más famosa, Lina Morgan, sino por el aire añejo de la sala (que parece detenida en el tiempo, en algún momento de hace tres o cuatro décadas) y por su propia programación: da la impresión de que sobre las tablas de ese escenario no se puede representar nada que no sea divertido.

Los vecinos de arriba es la obra que tienen ahora en cartel (y con función doble los fines de semana). Por supuesto, es una comedia: ágil, ligera, divertidísima. Y también heladora. Pero de esto hablaré más tarde.

Se trata de la primera obra de teatro de Cesc Gay, el director de cine catalán, cuya última película (Truman, protagonizada por Ricardo Darín y Javier Cámara) tuvo un gran éxito. Siento un enorme amor por la filmografía de Gay, cuya capacidad para contar con naturalidad y delicadeza asuntos muy peliagudos (la enfermedad terminal en Truman o la sexualidad adolescente en Krámpack) es asombrosa. Las historias de Gay se nutren de secretos y silencios, de verdades que se van desvelando sin efectismos: dan una sensación absoluta de realidad. Todas sus películas, aparte de otros valores, tienen en común una extraordinaria dirección de actores.

Las historias de Gay se nutren de secretos y silenciosSi en el cine de Cesc Gay domina un tempo lento (más que lento, yo diría sereno) y un humor contenido, en Los vecinos de arriba las cosas van por otro camino. Enseguida el espectador tiene la certeza de que va a asistir a una comedia vertiginosa, de ese tipo tan francés (a lo Yasmina Reza) en el que un matrimonio en crisis recibe la visita de otra pareja y lo que parecía que iba a ser una reunión apacible acaba desmadrándose: hay reproches, revelaciones, réplicas afiladas como cuchillos y, finalmente, una catarsis general.

Ya con las primeras frases el espectador sabe que el matrimonio formado por Ana y Salva (encarnados por Candela Peña y Xavi Mira) es una bomba de relojería que va a estallar más pronto que tarde. Ellos son los anfitriones de los vecinos del piso superior, una pareja más joven formada por la psicóloga Laura (Pilar Castro) y Brian (Andrew Tarbet), su novio, un muchacho canadiense que trabaja de bombero. De esta pareja lo único que sabemos los espectadores es que son muy simpáticos ("Siempre saludan", se queja Salva) y que tienen una vida sexual tan intensa que se podría medir en la escala Richter. Y aunque citar una obra con dos parejas y un bombero en seguida nos trae el recuerdo de La cantante calva de Ionesco, aquí no hay nada del teatro del absurdo sino una exploración de las debilidades humanas (especialmente las sentimentales y sexuales), abordadas desde la perspectiva más jocosa y aparentemente desenfadada.

"La vida es un juego", afirma la psicóloga Laura, y ese parece ser también el lema de Gay. Un juego que el público sigue con crecientes carcajadas, pese a que según se desarrolla la obra también asistimos a una descripción muy elocuente de la frustración sexual, de lo terribles que pueden ser las relaciones de poder dentro de una pareja y de cómo puede dañarnos la capacidad de manipulación de ciertas personas.

Los actores, los cuatro, están sensacionales, llenos de gracia, cada uno en su registro (la franqueza desinhibida de Brian, la luminosa simpatía de Laura, la ironía amarga de Salva), pero creo que es justo destacar el trabajo y el talento de Candela Peña. Uno se ríe con cada una de sus intervenciones, pero a la vez siente un escalofrío interior porque tiene la conciencia de estar viendo a una mujer devastada, en el límite de su resistencia psíquica. Con otra actriz, el papel de Ana podría haberse quedado en un retrato gracioso pero inofensivo: ella lo eleva a alturas extraordinarias, casi dolorosas.

Aunque parezca mentira, Candela Peña es la primera vez que se sube a un escenario teatral. Yo deseo que ya no se baje nunca de él.