La partitura autógrafa de Misa solemne apareció en 1991 en AnversBerlioz fue, desde muy joven, un ateo declarado, lo que no le impidió componer varias obras de tema religioso que transmiten una gran espiritualidad. Así, con veinte añitos, escribió una Misa solemne (1824) cuyo manuscrito, según dijo, destruyó tiempo después porque la consideró una obra fallida. Sin embargo, la partitura autógrafa apareció en 1991 en Anvers, para gran alegría de los melómanos (ciertamente, es una obra primeriza y bastante destartalada, pero no carece de interés, sobre todo porque fue un semillero de muchos temas musicales que después germinaron en obras mayores, como la Sinfonía Fantástica o la ópera Benvenuto Cellini. Muchísima más enjundia tienen los colosales Réquiem (o, por emplear el título original, Gran Misa de los Muertos, 1837) y el Te Deum (1849), y también su delicado oratorio La infancia de Cristo (1854). Yo no sé qué habría pensado el descreído Berlioz si hubiera sabido que esta última obra iba a provocar vocaciones sacerdotales. No es una exageración: así le sucedió en 1937 al filósofo español Manuel García Morente. Este catedrático de ética de la Universidad Central de Madrid estaba exiliado en Francia por la Guerra Civil y pasaba por momentos de gran tribulación, hasta el punto de que sopesaba suicidarse. Una noche escuchó por la radio una emisión de música francesa (la Sinfonía de César Franck, la Pavana para una infanta difunta de Ravel) que incluyó también un fragmento de La infancia de Cristo que le conmovió profundamente. Lo sabemos gracias a una carta que dirigió a José María García Lahiguera: "Usted no puede imaginarse lo que es esto si no lo conoce: algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. Cantábalo un tenor magnífico [...] que matizaba incomparablemente la melodía pura, ingenua, verdaderamente divina". Esa misma noche García Morente tuvo ensoñaciones religiosas, recuperó la fe y pocos años más tarde fue ordenado sacerdote. No sé qué fragmento escuchó, pero yo siempre pienso en el pasaje del descanso de la Sagrada Familia en su huida a Egipto. Tras una introducción orquestal, el tenor canta "Les pèlerins étant venus..." y los ángeles terminan respondiendo "¡Aleluya, aleluya!". Si no lo conocen, prueben a escucharlo y no se extrañen si luego les entran unas ganas locas de tomar los hábitos.

Yo le debo a Berlioz algunas de las mayores emociones de esta temporada musical. Así, en el Liceo de Barcelona asistí en noviembre a una inolvidable representación de Benvenuto Cellini (con una puesta en escena espectacular y divertidísima de Terry Gilliam y dirección musical de Josep Pons) y en el Kursaal de San Sebastián escuché en mayo el Réquiem interpretado por el Orfeón Donostiarra, la Orquesta del Capitolio de Toulouse, el tenor Saimir Pirgu y el director Tugán Sójiev. El Kursaal estaba abarrotado y creo que ninguno de los espectadores olvidaremos la intensidad y belleza de la obra, cuya grandiosidad no excluye momentos contemplativos y casi íntimos que a mí me tocan el corazón. Es una música (como diría García Morente) que no puede escucharse con los ojos secos.

Yo de debo a Berlioz algunas de las mayores emociones de esta temporada musicalEs raro que en España se programe el Réquiem, pero más aún que se interprete el no menos monumental Te Deum. Sonará en San Sebastián, en el concierto de clausura de la Quincena Musical Donostiarra. Para reunir el gigantesco número de intérpretes que exige esta obra, el 31 de agosto unirán sus fuerzas las orquestas sinfónicas de Euskadi y de Bilbao, los orfeones Donostiarra y Pamplonés, el coro y la escolanía Easo, varios solistas y el director Víctor Pablo Pérez. Va a ser un acontecimiento y no saben cuánto envidio a los afortunados que puedan acudir al Kursaal (la sala más berlioziana de España) para oírlo en vivo y sentir toda la potencia, belleza y emoción de esta música extraordinaria.