El Alcázar pronto pasó a la literatura y el cineComo es sabido, el episodio del asedio al Alcázar de Toledo, sede de la Academia de Infantería, fue uno de los más célebres de la Guerra Civil y tuvo gran repercusión internacional. La resistencia numantina fue utilizada por el bando sublevado como ejemplo propagandístico de su heroísmo; por otra parte, el asedio le sirvió para pintar la República como un régimen brutal, que no tenía escrúpulos en reducir a escombros un edificio de gran valor artístico donde, además, estaban refugiados numerosos civiles. El Alcázar pronto pasó a la literatura y el cine. En Madrid, de corte a checa, la novela de Agustín de Foxá, hay una descripción que me dejó una profunda huella. Dice así: “Enterraban en las piscinas de la Academia; aquel día bajaban a un cadete muerto en el parapeto. ¡Cómo contrastaba en la alegría de mármoles, donde estuvo el agua, aquella sequedad de la tierra mortuoria! Y en la antigua juvenil alegría de los trajes de baño y los cuerpos desnudos, aquella humillación, de esqueleto y sal, de los cadáveres. / La piscina olía a muerto, bajo las duchas secas. En las cabinas, donde se desnudaban los cadetes y se friccionaban con colonia y se quitaban el jabón espumoso, estaban quietos, tapiados en nichos, los cuerpos rotos”.

Esta potente imagen, una ‘vanitas’ casi onírica, revivió en mi recuerdo (pese a que no se muestra nada parecido) gracias a la película italoespañola Sin novedad en el Alcázar que dirigió Augusto Genina en 1940 y emitió el pasado lunes La 2 (todavía pueden verla en la página web de TVE). No sé si los cinéfilos agradecemos lo suficiente la existencia del maravilloso programa Historia de nuestro cine que, cada semana, al hilo de un tema conductor diferente (el de estos días es el Festival de Venecia) emite películas de cinco décadas distintas. La presentación de cada título y el debate conjunto final del viernes sirven para contextualizarlas. Las que fueron filmadas durante el franquismo suelen contener una evidente (y desagradable) carga ideológica que indigna a algunos internautas, pero, por mi parte, alabo el criterio de los responsables del programa y les animo a seguir difundiendo el patrimonio cinematográfico.

En Sin novedad en el Alcázar creo que cualquier espectador desprejuiciado puede apreciar sus valores artísticos (las escenas de masas y el gusto por los planos de rostros expresivos nos traen a menudo el recuerdo de Eisenstein) y su poder testimonial (ilustra la interpretación franquista –asumida por el Fascio italiano– de este episodio de la Guerra). Al igual que sucede con el atentado contra Carrero Blanco en la película Operación Ogro de Pontecorvo, el cine italiano ha plasmado ciertos momentos de nuestra historia con tal elocuencia que hay quien toma algunos de sus fotogramas como imágenes verdaderas, históricas.

No sé si los cinéfilos agradecemos lo suficiente la existencia del maravilloso programa Historia de nuestro cineQuiero recomendarles también un libro que se ha recuperado recientemente. Se trata de Los rehenes del Alcázar de Toledo, escrito por el pintor Luis Quintanilla y rescatado por la  historiadora Esther López Sobrado (Editorial Renacimiento). Quintanilla (quien, por diversos azares y muy a su disgusto, acabó siendo jefe del asalto al Alcázar) cuenta su testimonio de los hechos y considera a Moscardó un traidor, un militar mediocre y una persona sin escrúpulos, que mantuvo como rehenes a los civiles y consintió que se le idealizara hasta convertirse en un nuevo Guzmán el Bueno (el episodio de la llamada telefónica de su hijo, según Quintanilla, es totalmente falso). Este libro tiene la pretensión confesada de desenmascarar lo que su autor considera un mito fraudulento de la propaganda franquista.

Ya que citamos a este pintor, les sugiero que no dejen de visitar la exposición Campo cerrado en el Museo Reina Sofía, dedicada al arte durante el periodo franquista. Allí hay varias obras muy hermosas de Luis Quintanilla. Pero de esta exposición y sus tesoros habrá que hablar otro día.