El 21-D se esperaba como un bálsamo para curar las heridas abiertas por el procés en la sociedad catalana. Se llamaba a los ciudadanos a tratar de reconciliar con sus votos las dos visiones antagónicas de Cataluña: el soberanismo y su vía unilateral, por un lado; y el constitucionalismo y el 155, por otro.

Pero los resultados de este jueves muestran que la sociedad catalana ya no solo está dividida, sino que se ha roto en dos mitades irreconciliables. Los grandes vencedores de la jornada electoral son, precisamente, los principales representantes de esos dos bandos.

Ciudadanos, el partido que nació para luchar contra la hegomonía indepe y defensor inicial del 155, arrasó en las urnas. Pero esa victoria inapelable de Arrimadas no le permitirá imponer la legalidad constitucional en Cataluña, toda vez que el soberanismo retiene la mayoría absoluta.

El máximo exponente del otro bando, el president cesado y huido Puigdemont, consigue el respaldo de los soberanistas tras una campaña personalista centrada en venderse como president legítim. Y le envalentona para seguir con la matraca.

Pero lo más preocupante es que la polarización ha hecho saltar por los aires todos los puentes para una futura reconciliación: Domènech e Iceta, que se ofrecían como mediadores, se convierten en irrelevantes en la política catalana. La ruptura irá a más.