En El pórtico del templo, un ensayo de 1906, se cita por vez primera la frase más lapidaria y controvertida de cuantas reflejan nuestro endémico desprecio por la ciencia y la innovación, "que inventen ellos". Su autor, nada menos que Miguel de Unamuno, el mismo que 30 años después le plantaría cara a Millán-Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca cuando el general golpista gritara aquello de "abajo la inteligencia y viva la muerte".

Hace décadas que la experiencia ha venido a demostrar que las economías mas sólidas son las que se construyen con base en la investigación y el desarrollo científico y que los países que inventan son aquellos que logran mayores cotas de prosperidad y bienestar social. España no es el caso. 

Convalecientes aún de la crisis que a punto estuvo de llevarnos a la quiebra, se cuestiona ahora la consistencia de una recuperación que, aunque arroja cifras positivas en crecimiento y generación de empleo, está muy lejos aún de satisfacer las demandas sociales. La última EPA refleja una caída de diez puntos en la tasa de paro desde 2008, lo que sería suficiente para lanzar las campanas al vuelo si no fuera por la alta temporalidad, la precariedad laboral y, en definitiva, la baja calidad del empleo. Desde luego, no era fácil salir de aquel agujero de hace diez años y cualquier crítica a cómo fue gestionado tan devastador tsunami ha de contextualizarse a las terribles circunstancias que lo rodearon. Ello no obsta para que se analice, con el mayor rigor, lo que se pudo hacer y no se hizo en favor de nuestra maltrecha economía, y que ahora pagamos con tan renqueante recuperación.

El modelo entonces escogido para superar la crisis se fundamentó en la devaluación salarial y la rebaja de los costes de despido. Las empresas españolas incrementaron así su competitividad  y acudieron masivamente al mercado exterior obligadas por la contracción del consumo interno. Gracias a ello se incrementaron las exportaciones hasta situar la balanza comercial en un punto casi de equilibrio prácticamente desconocido. Un modo discutible y discutido pero del que, en el mejor de los casos, los hechos demuestran que no debió ser el único vector operante para levantar la economía.

Faltó visión de futuro y ambición. Aquella España de la prima de riesgo en los 600 puntos tendría que haberse esforzado en acrecentar su apuesta por el desarrollo científico y la innovación para mejorar la competitividad y abrir nuevos caladeros de empleo cualificado. Lejos de apostar por un modelo productivo vanguardista, se rebajaron las inversiones en investigación y cayeron los estímulos al I+D+I mientras nuestros competidores se volcaban en ellos. El resultado es una caída del 60% en el número de solicitudes de patentes internacionales de origen español entre 2008 y 2014. Son las cifras que arroja un reciente informe de la Fundación Alternativas en el que prestigiosos científicos recomiendan un gasto del 2% del PIB en investigación, la creación de un Ministerio de Ciencia y un gran pacto ciudadano que garantice planes de inversión a largo plazo y den continuidad a los proyectos sin cortes financieros. Demandan además la eliminación de los cuellos de botella burocráticos, la fijación de objetivos concretos y una coordinación, ahora casi inexistente, entre organismos públicos de investigación, universidades, hospitales y empresas. Se trata en definitiva de plantar las bases para alumbrar una España puntera capaz de afrontar los grandes retos tecnológicos de futuro. Una España en la que no solo "inventen ellos" sino, y les aseguro que hay talento de sobra para hacerlo, que inventemos también nosotros.