Vuelvo, tres años más tarde, con una mezcla de vergüenza incómoda, a Grecia, a los campos de refugiados. La primera parada viene sugerida por las autoridades griegas, para conseguir que nos dejen visitar el Campo de Lesbos, que desde 2016 se convirtió en una cárcel a cielo abierto. El campo de Eleonas, en los suburbios de Atenas es el campo modelo, y a juzgar por lo que conocí en Lesbos, es un avance.

Las mujeres que huyen de la guerra o de los tiranos se llevan siempre la peor parte porque parir o dar de comer a las criaturas no puede esperar a las resoluciones del Consejo de Naciones Unidas.

Los depredadores y la explotación sexual acechan más en los momentos de caos y de barbarie. Ahora bien, entre las mujeres, niñas y niños invisibles están los que algún día retornarán y forjarán sociedades más igualitarias. Y lo saben.

Lo cuentan las mujeres afganas, sirias e iraquíes si se les escucha. Las de Nigeria, las de Mali, todas las mujeres invisibles. Por eso me gustaría dedicarles este espacio. Pero especialmente se lo dedico a las niñas que luchan por salir adelante en cada infierno. En cada chamizo o tienda. En Grecia, por ejemplo, sin perder la cordura, acumulando noches, porque cada noche puede significar llegar en la lista de espera para ser transferidos por fin al continente, a un lugar que no puede ser peor.

Darian habla inglés con once años, estudia en griego y canta en árabe sobre su ciudad, Kobane. Prefiere olvidar Moria. Es fuerte y le prestan un violín en el que sueña un futuro fuera del campo. Por fin va a la escuela y sabe que no es más ni menos que los hombres. Que no es más ni menos que otras niñas. 

En el campo de Eleonas no se montan trifulcas, ni están tan hacinados como en Moria. No hay tiendas sobre la tierra y se puede cocinar en la caseta. Han plantado unos olivos escuchimizados y hay algo parecido a una avenida. Aquí solo son mil trescientos y el gobierno griego lo muestra para suavizar la mirada porque sabe que Moria es, sin embargo, inhumano.

Compartimos la responsabilidad. Hubo gobiernos que exigieron cumplir reglas imposibles a Grecia e Italia hace cuatro años. Ahora hasta diez países bloquean y pudren la solución y la gestión compartida del acogimiento de los que huyen de la guerra y del fanatismo. Y luego le echan la culpa a Europa.

No es cuestión de ideologías, de pequeños intereses, sino de dignidad. En los ojos de Darian veo el futuro de Kobane, el de Siria, y egoístamente quiero su coraje para Europa.