Quedaos con el título porque este remake cañí de Las manos de Orlac apunta a taquillazo del verano. La historia es conocida: un virtuoso pianista pierde sus manos en un accidente y le implantan las de un asesino. Pronto empieza a obsesionarle que sus nuevas extremidades le provoquen impulsos criminales…

En esta versión, a la protagonista ­—una mallorquina creyente en la sacrosanta unidad de España— un fatídico día le falla el riñón. Tras un tiempo de espera y diálisis, al fin aparece un órgano para ella en Barcelona. El trasplante es un éxito y Manuela regresa a Palma, donde inicia su nueva vida.

Años después, tiene su momento de gloria en un acto de Ciudadanos. "Llevo los órganos de una persona catalana y estoy superorgullosa" —dice, emocionada, desde el estrado—. "¡Todos necesitamos a Cataluña!". El auditorio se rompe las manos aplaudiendo.

Pero, de pronto, algo cambia. Primero, se le escapan frases en catalán; después, se descubre aprobando el diálogo entre Sánchez y Torra; luego, alegrándose por el acercamiento de los presos. Incrédula, busca vídeos del 1-O y comprueba que ya no le sale gritar "¡A por ellos!".

Entre lágrimas, tiene una revelación. Recuerda cuando su añorada gurú de las mañanas, Mariló Montero, insinuó que, junto con los órganos, también se podría trasplantar "el alma". "Collons! ¿Y si mi riñón era de un independentista?".

El horror congela el rostro de Manuela, que toma una decisión. No parará hasta averiguar —en un giro inesperado— quién fue su donante: un guardia civil de Badajoz que sufrió un infarto en la Sagrada Familia. Manuela respira aliviada. Como le pasó a Orlac, todo había sido fruto de su subconsciente. Entonces, ¿por qué seguía pensando esas cosas…?