Me conmueve especialmente escribir estas líneas sentado en la misma silla que él ocupó durante largos y difíciles años. Cuando Alfredo Pérez Rubalcaba trabajaba en esta mesa, yo lo hacía desde la sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. Nos unió nuestra lucha contra el terrorismo, cada uno desde nuestras responsabilidades, pero siempre desde un profundo respeto institucional que dio paso más tarde a la amistad.

Todas las personas que lo han conocido —sean del ámbito que sean y tengan las ideas que tengan— coincidirán sin duda en destacar su brillantez intelectual, muy por encima de lo común, su aguda capacidad analítica y su profundo sentido del Estado.

Rubalcaba ha sido un extraordinario político que ha marcado la historia democrática de nuestro país pero, por encima de todo, ha sido un gran servidor público y una persona cabal.

Su enorme inteligencia, su gran capacidad de trabajo y su compromiso con España fueron decisivos para consumar la derrota de ETA durante su etapa como ministro del Interior. Paradojas de la vida, hace justamente una semana, el 3 de mayo, se cumplió el primer aniversario del anuncio de la disolución definitiva de la organización terrorista, vencida por el Estado de Derecho.

La huella de Rubalcaba en el Ministerio del Interior es profunda. Todos los empleados públicos que trabajaron con él —asesores, técnicos, ordenanzas, escoltas… no importa quién ni en qué puesto estuviera— destacan su cercanía, su sencillez y afabilidad, su tremenda laboriosidad y su austeridad espartana.

Atento a todo y con todos, siempre se mostró afectuoso y cercano con Gorka, mi marido, propiciando que, siendo ajeno a nuestro ámbito profesional, se sintiera cómodo.

Para todos los servidores públicos, y él lo ha sido desde el primero hasta el último de sus días, Alfredo Pérez Rubalcaba será siempre un ejemplo y un estímulo para seguir trabajando por la España democrática, abierta, plural, respetuosa y diversa que él siempre defendió y a la que ha dedicado su vida hasta el último aliento. Gracias, Alfredo.