El independentismo ha logrado imponer la emoción sobre la razón. Cabría imaginar que los efectos devastadores del procés sobre la economía catalana harían reflexionar a los seguidores del nacionalismo ultra, pero no ha sido así.

Ni la dignidad exhibida por el candidato de ERC dando la cara ante la justicia en abierto contraste con el prófugo Puigdemont ha premiado a Junqueras. Es verdad que los republicanos erraron al confiar el liderazgo de la campaña a Marta Rovira, cuya exhibición de mediocridad les obligó casi a esconderla en campaña.

El separatismo ha premiado al candidato fugado, quien manifestó a 20minutos su convicción de que sería una contradicción inviable que las mismas ideas que le llevan a la presidencia le condujeran a prisión. Una interpretación libre y claramente interesada en favor de su futuro político y procesal. Su intención será poner en solfa al Estado de derecho postulándose como presidente.

El discreto crecimiento del PSC de Iceta, la caída de los Comunes y el hundimiento de la CUP y el PP le dan aún mayor relieve a la hazaña electoral de Ciudadanos.

Con un millón de votos largos Inés Arrimadas es la gran vencedora. No le servirán para gobernar, pero sí le dotan de una autoridad moral que amarga la victoria al independentismo y les otorga un premio de consolación a los constitucionales. Por eso y por la mala experiencia del procés nada podrá ser igual.