Si nos detenemos en la orilla del mar a contemplar sin prisa la acción y el efecto de las olas, podemos inferir al menos tres cosas. Que nunca hay dos iguales; que después de una siempre rompe otra y que, efectivamente Paco, estás de vacaciones. Y cuando rememoro el pasado 8 de marzo, la histórica manifestación por el Día de la mujer definida por Máriam Martínez-Bascuñán como una ola avasalladora que sacude el país , llego prácticamente a la misma conclusión con el feminismo: que la ola de 2018 no es igual a las anteriores, que existe el oleaje feminista y que, sin embargo amigo, este no disfruta de descanso. No puede permitírselo.

Sobre todo porque la mayoría de la sociedad española se lo impide. Su respuesta este año a la problemática de la desigualdad y la violencia de género parece haber marcado un punto de inflexión y, en cierta medida también, un punto de no retorno. Si el oleaje feminista es imparable, lo es porque se advierte un cambio tan necesario como irreversible. Al menos esto podría deducirse de los datos de opinión que Metroscopia ha venido recogiendo los últimos años.

El diagnóstico que la amplia mayoría de la ciudadanía hace de la situación en España es contundente: todavía no se ha alcanzado la igualdad efectiva entre hombres y mujeres (el 92% así lo cree), siguen predominando los comportamientos machistas (80%), las mujeres lo tienen en general más difícil en la vida que los hombres (71%), y la Justicia no está contribuyendo a mejorar la vida de las mujeres víctimas de violencia de género (62%). Con este panorama, no es de extrañar que la inmensa mayoría (82%) pensara que había motivos suficientes para convocar una huelga feminista el 8M. Hay, pues, motivos suficientes, pero que existan, por muy justificados que estos estén, no garantiza el cambio.

Como se sabe, todo proceso de transformación enfrenta una tensión continua entre fuerzas de impulso y fuerzas de resistencia. Así funcionamos. Y en este caso, las olas feministas están pensadas, lideradas e implementadas fundamentalmente por mujeres, mientras que los hombres suelen actuar más bien de rompeolas, como diques contenedores del oleaje que se les viene encima. A sabiendas de que la fuerza de transformación de las olas reside en su perseverancia, una de las claves es la eficacia de su sutil erosión, es decir, de su capacidad de persuadir a los hombres para que salten del espigón al mar. Como dice Fina Birulés, el feminismo no debe proponerse solo como una herramienta reparadora de injusticias sino aspirar a ser también un agente de cambio político, de transformación de la sociedad. Un objetivo difícilmente alcanzable con la mitad de la población operando a la contra.

A menudo lo que suele ocurrir es que los hombres no se enteran y las mujeres se lo cuentan. Así lo pensó Francisco Muro, Director de comunicación del Consejo General de la Abogacía Española, cuando recibió en sus manos a finales del año pasado los resultados del estudio encargado a Metroscopia, en los que dos de cada tres abogados afirmaban no detectar un predomino de los comportamientos machistas en la abogacía, cuando el mismo número de abogadas expresaban todo lo contrario. No es que la mayoría de hombres se muestren a favor y participen en la construcción del dique de resistencia, sino que suelen mantener una relación más pasiva y a la defensiva con la ola feminista. Los hombres tienden a percibir menos desigualdad de género que las mujeres y no se autoperciben reproductores del machismo porque, en buena medida, no experimentan las consecuencias directas o indirectas de la desigualdad, lo que es un factor determinante en la percepción y la reacción que se tiene sobre la misma. Sí, la feminista es una lucha de poder, pero también de legitimidad. Por eso una mayor concienciación de los hombres es un paso ineludible.

La Declaración de Sentimientos, que este verano ha cumplido 170 años desde su lectura en el diminuto pueblo de Seneca Falls (Nueva York), es uno de los ejemplos más fructíferos en este sentido. Texto fundacional del movimiento feminista en Estados Unidos y de referencia para el resto del mundo, provocó una sacudida de conciencias que marcó un antes y un después en la disputa por la equiparación de los derechos de ciudadanía entre hombres y mujeres. Hubo algún varón que por entonces en prensa se rebeló advirtiendo que "una mujer no es nadie y una esposa lo es todo", recriminando a las autoras de la Declaración cuáles son los únicos papeles que las mujeres deben desempeñar en la sociedad: cónyuge y madre. Esto hacía valer aún más la máxima liberal de las declarantes cuando reivindicaban que "hombres y mujeres son creados iguales y están dotados por el Creador de derechos inalienables, a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad".

Otra sacudida de conciencias, salvando las distancias, es la que movilizaciones como el Tren de la Libertad en 2014 en España (sobre el aborto #YoDecido) o movimientos con mayor impacto internacional como #MeToo y Time's Up en 2018, han causado en términos de protección de derechos y libertades así como de sensibilización sobre las discriminaciones y violencias que afectan a las mujeres. En el último tiempo, al fragor de esta nueva atmósfera parece haberse reavivado la causa en conjunto y la propia palabra feminismo habría recuperado vigor, sobre todo por el énfasis que estos movimientos ponen en la cuestión identitaria. Los datos apuntan en esta dirección.

En menos de diez años se ha duplicado el número de mujeres y de hombres que, aunque en distinta proporción, se identifican ideológicamente como feministas, según el CIS: entre 2010 y 2018 el porcentaje de mujeres aumentó del 8% al 15% y el de hombres del 1% al 3%. Especialmente significativa es la brecha generacional entre las mujeres: hoy el 22% de las jóvenes de menos de 35 años se definen feministas, frente al 7% de las mayores de 55 años. Y eso que hasta hace poco existía una gran inquietud en el feminismo por el despego de las mujeres jóvenes: ni se definían feministas ni apoyaban de forma convencional la causa del feminismo.

Marina Cacace analizó esta problemática en un libro, Mujeres jóvenes y feminismo, e instaba a abandonar la habituales actitudes de conmiseración y victimismo con las mujeres y poner el énfasis en estrategias positivas, ganadoras y focalizadas en el empoderamiento. A su juicio era tan importante que las generaciones jóvenes adquirieran conciencia de que el feminismo no había muerto de éxito, pues muchas percibían que la igualdad entre hombres y mujeres se había prácticamente alcanzado, como que encontraran una forma propia de apoyar y relacionarse con el feminismo, que no tenía que coincidir necesariamente con la de sus antecesoras.

Algo de esto parece estar ocurriendo hoy. Solo hay que echar un vistazo a redes sociales como Instagram, Twitter o Facebook para adquirir algunas pistas sobre el porqué de la ola del feminismo entre las y los jóvenes. Además, pregúntense si es o no baladí que Ana Patricia Botín, presidenta del principal banco español y europeo, Banco Santander, reconociera en mayo en una entrevista que "hace diez años hubiese dicho que no era feminista, hoy sí". O que artistas de talla mundial como Beyoncé, realizaran giras de conciertos con la palabra "Feminist" en grandes dimensiones sobre el fondo del escenario.