Este miércoles por fin, Jean-Claude Juncker nos presentó el menú de su Europa a la carta. Los entremeses de su discurso han estado plagados de bonitas palabras, mejores intenciones y una oda a la salida de la crisis que por fin deja atrás Europa y que ya celebran todos los Estados Miembros. Todo ello acompañado de aromas optimistas y sabores triunfalistas, que no deja de resultar obsceno ante una situación real de aumento general de la desigualdad, la pobreza y la precariedad entre cada vez más sectores sociales. Entre los platos principales, la unión energética y bancaria, un mercado único militar con el que aumentar el gasto en seguridad y defensa para alegría de los lobbies armamentísticos, más externalización de fronteras con regusto a Europa Fortaleza y, de guarnición, nuevos acuerdos de libre comercio. En el postre, el esperado anuncio de un proto-Ministerio Europeo de Economía y Finanzas que extienda el gobierno antidemocrático y neoliberal en la sombra del Eurogrupo por toda la UE, acompañado de un 'FMI a la europea' como guinda final. Juncker vive obsesionado con no pasar a la historia como 'el presidente del brexit'. Es probable que lo consiga. Méritos está haciendo para que su legislatura sea recordada como el colofón a una década perdida para Europa.