Europa frente a la no Europa. Solidaridad, cooperación, cohesión social y proyecto compartido, todo ello simbolizado por el 'proyecto europeo', frente a la deriva de los nacionalismos desintegradores y la insolidaridad, que encarnaría la derecha extrema.

Estos son los dilemas a los que, supuestamente, se enfrenta la ciudadanía y que justificarían levantar un dique de contención y construir un amplio consenso alrededor de una Europa que, a pesar de todas las dificultades, incluso a pesar de todas las diferencias entre los socios comunitarios, ofrecería una hoja de ruta para seguir progresando económica y socialmente.

La extrema derecha supone una regresión histórica en materia de derechos civiles que castiga, muy especialmente, a los pobres y excluidos, a las personas inmigrantes y refugiadas, a las mujeres y los diferentes. Hay que impedir que el mapa político europeo se impregne de odio y xenofobia.

Pero, ¿el quid de la cuestión reside en reivindicar el proyecto europeo, exigir más Europa?, ¿qué significa en realidad la idea de abrazar sin reservas el europeísmo?, ¿qué contenido tiene el proyecto europeo que habría que preservar del acoso de la extrema derecha?

Nuestra contestación, en formato telegráfico, es que la construcción europea ha sido y es una decepción: está dominada por los principios y los intereses del neoliberalismo, por las empresas transnacionales y las grandes fortunas, por la industria financiera y por los intereses de la economía alemana y de su zona de influencia.

Salarios estancados o en retroceso

Con estos mimbres se ha elaborado el cesto europeo. Con divergencias productivas entre países y regiones cada vez más pronunciadas, con salarios estancados o en franco retroceso, con empleos cada vez más precarios, con un creciente número de personas en situaciones de pobreza o exclusión social, con paraísos fiscales, con una estructura tributaria con un perfil marcadamente regresivo, con una continua vulneración de los derechos humanos en materia de asilo y refugio, con una acelerada concentración de la renta y la riqueza, con un sesgo de las políticas públicas hacia el ajuste presupuestario y con una retórica sin compromisos claros en la lucha contra el cambio climático y el expolio de los recursos naturales.

No queremos formar parte de un bloque europeísta, que, con ligeros retoques, da por buena una realidad que debe ser radicalmente transformada. Los mismos partidos -conservadores y socialdemócratas- que ahora se envuelven en la bandera del europeísmo, asumiendo responsabilidades políticas tanto en los gobiernos como en las instituciones comunitarias, han sido actores destacados de esa Europa, la que realmente existe, la que oculta la propaganda oficial.

Han sido corresponsables de unas políticas que han provocado desencanto y desafección, que, al menos en parte, los partidos de la extrema derecha han sabido encauzar electoralmente. En todo caso, la derechización de la geografía política europea no es solo el resultado del ascenso de estos partidos; también es el producto genuino de un diagnóstico y de unas políticas vertebrados alrededor de la represión salarial, la austeridad presupuestaria, culpar a los de abajo y el todo mercado.

La derecha extrema no podía encontrar mejor caldo de cultivo para su crecimiento, a lomos de un discurso antieuropeo retórico, confuso y deliberadamente impreciso, que, en todo caso, acepta el núcleo duro de las políticas comunitarias aplicadas hasta el momento. Ni esta Europa, ni más Europa, sino otra Europa.

Cuestiones que deben entrar en el debate europeo

Algunas de las cuestiones que, en nuestra opinión, deben entrar obligatoriamente en el debate europeo, sobre las que los partidos políticos tienen que pronunciarse son: el aumento de los salarios de los trabajadores y el límite al salario máximo percibido por las élites empresariales, la renta básica universal y la creación de empleo decente, un sistema fiscal más progresivo y el control de los privilegios de los grupos transnacionales, el rechazo del Pacto para la Estabilidad y el Crecimiento y el incremento del gasto social, la desfinanciarización de la actividad económica, la desconcentración de la estructura empresarial, la reestructuración de la deuda, la despatriarcalización de la vida social, la preservación de los derechos de las personas refugiadas y migrantes, la reducción del gasto militar, un aumento sustancial del presupuesto comunitario, un plan de emergencia para detener y revertir el cambio climático y la impugnación de los tratados internacionales de comercio e inversión.

Este es el espacio de reflexión que importa. Salir del debate vacío -continente sin contenido- que nos proponen los medios de comunicación, que tanto complace al statu quo y que en nada contribuye a identificar los graves e inaplazables desafíos que enfrenta Europa y menos aún a acumular fuerzas para enfrentarlos.

Si conseguimos llevar este debate a la agenda política, veremos que una parte de los autoproclamados europeístas defienden en realidad la Europa que urge cambiar.