Algunas personas –mayoritariamente hombres, pero también mujeres– se preguntan qué queremos las feministas. Las leyes ya reconocen la igualdad. Si esa igualdad aún no es del todo real, es por circunstancias. Pero vamos mejorando, nos dicen.

Y, de nuevo, como hace 40 años, les explicamos que la igualdad no es el reconocimiento de derechos, al que hemos llegado, por cierto, gracias al empuje del movimiento feminista y de las feministas en la política, sino algo que toca al corazón de las cosas. Como la justicia no es solo tener códigos civiles y penales razonables. Como la libertad no es un artículo de la Constitución que dice que toda persona tiene derecho a ella.

Habiendo vivido tantos cambios en la situación de las mujeres en nuestras sociedades en los últimos cincuenta años, ¿por qué la desigualdad sigue estando presente en el día a día? ¿Por qué las mujeres siguen ocupándose de cuidar a la familia, cuando hay bebés, cuando hay personas enfermas o mayores? ¿Por qué crece más el paro femenino? ¿Por qué allí donde no se establecen cuotas el porcentaje de mujeres en los puestos relevantes no avanza? ¿Por qué la mayoría de los centros de decisión económica, política, militar siguen estando copados por hombres? ¿Por qué hay esa brecha salarial entre hombres y mujeres…? ¿Por qué la violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad lacerante en nuestras sociedades? ¿Por qué el acoso sexual sigue a la orden del día incluso entre los jóvenes? ¿Por qué algunos chicos quieren controlar el móvil de sus novias o creen que pueden decidir cómo se visten ellas?

La respuesta a estas preguntas nos remite al corazón de las cosas, al corazón del sistema en el que vivimos. Intentamos corregirlo. Llevamos un siglo haciendo lo que podemos para mejorar. Pero la realidad es pesada y conservadora y el ritmo de las reformas, lento. Como la música de antes. Nadie podría explicar por qué el mundo no puede ser de otro modo, pero son legión los que, cada vez que se cuestionan las cosas de fondo, agitan el miedo a un futuro incierto, el miedo a que tiemble el sistema en el que vivimos y que tanta seguridad nos ofrece. Las feministas, dicen, están contra el sistema. Qué miedo. El demonio.

Las feministas de los setenta, las que dimos las batallas básicas, temíamos que nuestras hijas se acomodasen a esta sociedad aparentemente igualitaria que ayudamos a construir y que no se atreviesen tampoco a llegar al corazón de las cosas. Ellas nos han dado una lección emocionante siendo protagonistas de la convocatoria de esta huelga de mujeres.

En vanguardia de la huelga están también las periodistas. Y las actrices. Las caras más visibles de un colectivo –todas las mujeres– al que se quiere invisibilizar. Las mujeres ya no bailan música lenta y no quieren esperar. Han decidido hacer ver al  mundo que no nos rendimos, que somos mayoría y sabemos cuál es nuestro poder. Y que estamos hartas.