Lo importante

MÀXIM HUERTA. PERIODISTA Y ESCRITOR
Màxim Huerta, colaborador del 20minutos.
Màxim Huerta, colaborador del 20minutos.
JORGE PARÍS

Estoy en mi habitación, hace sol y vengo del supermercado, he comprado leche sin lactosa, fideos de cabello de ángel, mucho atún y gominolas. Antes de subir me he pasado por el bar nuevo que han abierto en el barrio, veo el exterior y me parece elegante, nórdico. Entro.

Tengo la sensación de ir vestido como Greta Garbo en sus años locos, cuando le dio por esconderse y se tapaba con mil ropas sin combinar. Se lo ponía todo. Le daba igual. A mí también. Por menos le habría montado una a mi madre. "¿Dónde vas así? ¿Y aquello que te compré? Ponte la chaqueta nueva" y todas esas cosas que decimos los hijos porque nos da apuro ver el estilismo de la libertad madura. Bobadas, leñe. Brindo por todas las Greta Garbo desordenadas que habitan en nosotros. No somos blogueros, no somos influencers, somos peatones, personas, gente, familia, vecinos.

Me miro de reojo mientras viene el café con leche a mi mesa. Calzo zapatillas rosas de cuando me dio por el running/footing/jogging (¿cómo se llamaba entonces?), unas de Nike flotantes, calcetines de rayas de colores, pantalón vaquero roto, camiseta larga, la sudadera de estar por casa desgastada y un chaquetón verde militar de esos tipo Évole. Un cuadro. Pero un cuadro feliz, aclaro. Sonrío tras la taza. Me miro y pienso: "¡Qué suerte tengo! Ya he perdido el filtro del pudor adolescente que tantos años dura y que te hace sentir vergüenza por cómo vas". No sé en qué momento dejé de pensar que la gente te mira. Los nórdicos le llaman hygge, que es algo así como bienestar. Un jersey, pelo informal, cómodo, equilibrio, funcional… la felicidad de las pequeñas cosas.

Un día la edad pone en equilibrio lo importante y lo urgente. Y ese día te relajas. Ese día empieza la vida. Es la segunda epifanía.

El bar huele a cruasanes recién hechos. A mis pies está toda la compra: bolsas del súper que asoman el contenido. Se ve el suavizante para la ropa, el papel higiénico y una funda para la plancha. Me da risa. Unos años atrás habría subido primero a casa y, después, me habría sentado en un bar peinado y perfumado. Ahora el orden lo deciden los impulsos y lo-que-te-apetece-hacer. Bienestar. Hygge.

Recuerdo cuando me sacaron unas fotos bajando la basura con mis Crocs y mi chándal de yoga. Caí fulminado al ver la revista. Añadían comentarios de esos crueles, como si todos los días toda la gente de todo el mundo bajara la basura y, al depositar la bolsa en el cubo, se fuera directamente a la alfombra roja de los Óscar.

Ahora, plin.

El gusto que da la libertad estética no tiene precio. La de diario. Esa que habla de nosotros. La real. Somos los que somos bajando la basura, yendo a la compra y subiendo en ascensor. Somos esos. Los que estamos en casa. Somos esa prenda que nos gusta y que está vieja. La cómoda. Somos esos que aparecen en el relax del me da igual.

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