Últimamente me ha dado por cantar en la ducha. Y no se crean que canto a Bowie, Bruno Mars o a Donna Summer. La ducha es para el Resistiré del Dúo Dinámico o Cuando zarpa el amor de Camela. Lo público y lo privado, como siempre. Después, cuando nos preguntan cuál es nuestra canción favorita, siempre buscamos la más intensa y la que nos haga quedar bien ante los demás. Pero la realidad, como todo, es maravillosamente kitch, bizarra y sabrosona. Con el cine pasa igual.

Cuando nos preguntan cuál es nuestra canción favorita, buscamos la más intensa

Pero a todos nos gusta quedar bien. Por eso no aciertan las encuestas. Porque respondemos lo que creemos que mejor habla de nosotros. Pero en nuestras entretelas pensamos con el corazón. Lo que nos gusta, lo que nos apetece, lo que nos pide el cuerpo.

Lo mismo pasa al pedir en el restaurante. Mucha crema, mucho emplatado, mucha emulsión y complicadas mamandurrias culinarias, pero la verdad es que miramos con ojos de gato hambriento  los huevos fritos estrellados en patatas con chistorra y se nos va la vida con la pizza, la hamburguesa o la tortilla de patata. Sueño con morcillas, con el tocino de la matanza, el tomate frito con solomillo y un plato de torrijas. Que se dejen de platitos, que yo lo que quiero es vida. ¡Vida!

Y la ropa. Otra que tal. Con lo a gusto que vamos con una talla más y lo ajustados que nos ponemos a veces. O la cama. Ay, la cama. El sexo, digo. Qué finísimos somos entre sonrisas de sofá y qué rizados en la imaginación. Contorsionamos los pensamientos, contraemos los músculos, doblamos la lengua, curvamos la espalda y retorcemos el sabor en una saliva común.

Están a punto de llegar los 46 y también he aflojado la tirantez con las lágrimas

Pero la realidad es así: curiosamente artificial. Por eso cuando nos preguntan, mentimos. El qué dirán, ¿no? Que luego la gente habla y dirá… bla bla bla.

En fin, que me ha dado por cantar porque algún mal espanto o porque últimamente me levanto de mejor humor. Y eso es vida. A mí siempre me había parecido una trivialidad lo de cantar en la intimidad. Pero supongo que he perdido el filtro de la sensatez privada y subo el volumen, cojo la toalla y salgo en plan Dirty Dancing. Pueden reírse si quieren, no hay problema. Queda a su libre albedrío mientras confieso otra cosa: están a punto de llegar los 46 años y también he aflojado la tirantez con las lágrimas. Lloro con voluntad cinematográfica. Me explico. Me subo al coche y me pongo alguna canción que me destroce por dentro, una de esas de Rocío Dúrcal, Raphael o María Dolores Pradera. A veces también Dani Martín. Y lloro. Es un ejercicio relajante. De hecho es como hacer yoga. Durante varios minutos sueltas adrenalina, echas el resto y la canción acaba con los nudos que se quedan a veces atascados en el corazón.

Y ahora, tararea conmigo: cuando pierda todas las partidas, cuando duerma con la soledad, cuando se me cierren la salida y la noche no me deje en paz… tan tan tan…