La República Islámica de Irán, la antigua Persia o, sencillamente, Irán (tierra de los arios) es un país singular. Cuna de civilizaciones, tres veces mayor que España, con cerca de 80 millones de habitantes y una gran potencia energética, su convulso siglo xx le hizo pasar del sha de las revistas del corazón a Jomeini y sus ayatolas. Los avatares políticos desembocaron en un aislamiento internacional traducido en la adopción de caminos propios a veces muy imaginativos, uno de los cuales han sido los trasplantes.

Iniciados en 1967, tres años después que en España, cayeron al mínimo tras la revolución de 1979, quedando el viaje a otros países (EE UU incluido) como única posibilidad remota de recibir un trasplante. Pero en 1988 crean lo que hoy se conoce como ‘modelo iraní’, una vía alternativa que cambia por completo la situación.  

El enfermo con indicación de trasplante renal se envía a una ONG controlada por el Estado, que le pone en contacto con una persona sana de sus características que acepta la ‘donación’ de uno de sus riñones a cambio de una cantidad de dinero, que oscila entre 2.000 y 5.000 dólares, que paga el Ministerio de Salud y a los que se suma otra cantidad variable que paga directamente el enfermo. El Estado designa los hospitales trasplantadores y cubre un chequeo al donante, los gastos de la intervención y un seguimiento médico del que carece la mayoría de la población iraní, para tratar posibles complicaciones.

Los ‘donantes’ son personas jóvenes (20 - 40 años), con un consentimiento informado de quien cede el riñón y de su familia. En caso de insolvencia del enfermo, la ONG contribuye a complementar al donante del riñón la cantidad pagada por el Estado. El sistema no se aplica a los extranjeros ni como donantes ni como receptores, algo fundamental para evitar la afluencia masiva del más que previsible ‘turismo de trasplantes’. Los intermediarios no pueden recibir dinero por las transacciones ni los equipos de trasplante intervienen en las mismas.

Las consideraciones posibles son múltiples y a muchos les parecerá una institucionalización de un delito en casi todo el mundo: la compraventa de riñones. Lo cierto es que países similares simplemente no tratan a sus enfermos con insuficiencia renal por falta de recursos económicos y les dejan morir… Los iraníes hablan de un tratamiento óptimo del insuficiente renal con resultados comparables a los de países desarrollados, y presumen de la desaparición del mercado negro, del turismo de trasplantes y de los intermediarios que, en cambio, se han disparado en la zona.

Algunos entusiastas hablaron de la desaparición de la lista de espera renal, algo metafísicamente imposible y que solo pone de manifiesto que buena parte de los iraníes con insuficiencia renal no son diagnosticados y no acceden al tratamiento. Datos mas recientes cifran en más de 17.000 los enfermos en diálisis que podrían trasplantarse. El simple hecho de que el sistema haya funcionado ha enardecido a los partidarios de crear un mercado mundial regulado de trasplantes, sobre todo los de la escuela de Chicago, con Alvin Roth, nobel de economía 2012, a la cabeza.

Pero Irán no se ha quedado ahí. Una ley de trasplantes elaborada en el año 2000 y un programa de formación con patente española han hecho que se desarrolle la donación de fallecidos, que en 2015 alcanzó ya la cifra de 10,2 donantes por millón de habitantes (en España fueron 46,9 en 2017), la mayor de Asia y ya equivalente a la alemana, con 3.384 trasplantes de todo tipo de órganos. Un gran modelo para países en desarrollo.

Hace tiempo que me abstengo de dar lecciones de ética occidental cuando hablo de trasplantes con gente de otras culturas y situaciones socioeconómicas. Los tiempos del paternalismo están cada día más lejanos. Otra cosa es que alguien proponga trasladar experiencias orientales a nuestras latitudes. Ahí si que hay que ser totalmente inflexible.