Marruecos celebró estos días el 20 aniversario de la coronación del rey Mohamed VI. Y, como suele ocurrir en estas efemérides, los balances se han prodigado. Hay interpretaciones y valoraciones de estas dos décadas muy diversas. Le impresión más generalizada es que el país ha mejorado en casi todos los aspectos, pero poco: las libertades se han abierto —desde luego no lo suficiente—, la democratización ha dado pasos muy importantes y la economía también ha conseguido mejoras aunque a todas luces insuficientes.

La estabilidad en que se ha mantenido la situación política también merece ser valorada, aunque los conflictos en el Rif se han convertido en un motivo de preocupación constante. La insatisfacción de amplios sectores de la sociedad es en esa región donde más se manifiestan. Mientras tanto, muchos millones de ciudadanos viven en la pobreza y en la pobreza extrema. La desigualdad, que ha aumentado, es y será cada vez más una fuente de problemas. La agitación social que se viene manifestando constituye una alerta.

La Monarquía está afianzada a pesar de los despilfarros del monarca que trascienden de "boca a oreja" entre la opinión pública y a la preocupación que a menudo suscita la salud del Rey. La influencia religiosa y la permanente espada de Damocles que supone la fuerte implantación del yihadismo y la escasa fortaleza del actual Gobierno son otros factores inquietantes. Las tensiones que crean la presión migratoria subsahariana y el conflicto del Sahara, son otros motivos de inseguridad. Para hacerles frente, en las próximas semanas se reimplantará el servicio militar obligatorio que, como cabe imaginarse, despierta discrepancias.