Vacía, vaciada, vaciando

MARIO GARCÉS. EX SECRETARIO DE ESTADO DE ASUNTOS SOCIALES E IGUALDAD
Un pueblo de Teruel de la España vaciada.
Un pueblo de Teruel de la España vaciada.
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"Estoy ausente". De esta guisa el senador por designio regio Camilo José Cela y Trulock se pronunció cuando se le preguntó la razón por la cual no había votado a favor, ni en contra, ni se había abstenido en una iniciativa para refrendar un convenio ininteligible de la Organización de Telecomunicaciones Marítimas por Satélite. Lo realmente exótico es que sus señorías puedan votar ciertas enmiendas, transaccionales y transitorias, finales y adicionales, sin perder el uso de razón o, al menos, intentar hacer uso de él.

El Premio Nobel acuñó la fórmula de "Senador Presidente, Senatrices y Senadores", que haría las delicias de alguna formación actual de izquierda, pero lo que nunca hizo, pese a que se le imputa, es replicar a un comelitón de escaño en ristre que le censuró que estuviera dormido, la célebre frase "no, estaba durmiendo". Fue Antonio Ríos Rosas quien en el segundo hemisferio del siglo XIX tuvo esa ocurrencia, que, a mayores, culminó con la siguiente explicación: "Tampoco es igual estar bebido que estar bebiendo".

Al estupendo de Cela se le atribuye falsamente la guasa con la derivada de que la frase se convirtió, fiel a su estilo procaz y provocativo, en "no es igual estar jodido que estar jodiendo". Arrastro esta anécdota al presente simple pues hemos pasado de un tiempo a esta parte de la España vacía a la España vaciada sin solución de continuidad. Y no debería pasar desapercibida esta distinción, pues vacía es a vaciada lo que desnudo es a desnudado. Porque no es lo mismo el uso neutral del adjetivo que no denota dolo que el empleo del participio que degenera de inmediato en la intermediación de alguien para que el país se haya vaciado.

De la impunidad del adjetivo a la alevosía del participio. Porque si está vaciada, habrá que buscar a los sujetos responsables de tal despojo, para lo cual los artífices del neolenguaje pueden emplear el género, pues la culpa será del capital o de la capital. O de ambos, que no será por género lo que siempre ha sido cuestión de número.

Fue Delibes, otro escritor que padeció el rigor mortis de la nueva cultureta, el que en El disputado voto del Señor Cayo, nos da una lección de virtud campesina, más meritoria que la urbana. Cuando a Cayo le preguntan qué haría si el mundo se hundiera, contesta a la gallega: "¿Qué quiere que le haga yo si el mundo se hunde?". Y cuando le insinúan que por obra y gracia de los derechos sociales del nuevo mundo tiene que dejar de trabajar a su edad, responde sin pudor: "¿Es que también va usted a quitarme de trabajar?".

Esa es la voz del mundo rural, el que no solo está vacío sin remisión sino que se está vaciando sin solución. Ya no valen las palabras. Solo el gerundio político. El movimiento se demuestra andando, que también es gerundio.

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