Cuando Antonio Mercero rodó la famosa escena de Verano azul en la que los protagonistas se atrincheraban en el barco de Chanquete, bajo el cántico "¡No nos moverán!", no fue consciente de la que estaba liando. Por un lado, para los niños cenicientos de la época que no sabían siquiera dónde estaba Nerja, fue el origen sentimental del movimiento antidesahucio, y fácil es pensar en Colau arrastrando bicicleta por la Diagonal emulando a mi buen amigo el Piraña. De otra parte, se convirtió en sinfonía coral de muchos políticos adventicios, que decidieron que del barco al que se subían nadie les apearía, toda vez que la hipoteca ya vencía.

Que en mi querido Aragón no peinen la discografía de los buenos cantautores en busca de salmo oficial, pues no hay mayor reconocimiento a la obcecación y a la testarudez local que la letra de esta canción. Cuando paseo por el Retiro y contemplo la escultura más absurda que he visto del tozudo Ramón y Cajal, con cuerpo reclinado, manto y torso desnudo, entiendo por qué decidió no asistir a la inauguración de su mausoleo, dejando plantado al rey Alfonso XIII. "Yo nunca me he desnudado ante ningún hombre", objetó el bueno de Cajal que lustraba ya ironía calasancia procedente de su paso por las Escuelas Pías de Jaca.

Quien escribe este artículo gasta también sarcasmo porque alumno del mismo colegio fue. Pero es más, recio e imperturbable, decidió no volver a pisar nunca más el Retiro que, hasta ese momento, había sido su jardín diario en Madrid. Carácter idéntico al mío, con la diferencia de que yo no tengo escultura y todavía puedo libremente errar por mi parcela comunal si no la clausura la alcaldesa.

El grupo escultórico luce en el paseo de Venezuela y fue esculpido por Victorio Macho, que, como Maduro, tiene nombre de sátrapa y de bárbaro. No en vano en aquella época se publicó en aquel país una de las mejores novelas latinoamericanas de todos los tiempos como es Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Noventa años después, sigue vivo el enfrentamiento entre Bárbara (barbarie) que encarna el salvajismo de una sociedad guiada por el instinto de opresión, y la civilización de hombres que pugnan por la libertad y gritan, desde la llanura, "¡No nos moverán!".

Así el contraste entonces y así es ahora: "Eran dos corrientes contrarias: propósitos e impulsos, decisiones y temores [...] El centauro es la barbarie y, por consiguiente, hay que acabar con él. [...] Por todo eso, precisamente, es necesario civilizar la llanura: acabar con el empírico y con el cacique, ponerle término al cruzarse de brazos ante la naturaleza del hombre". El pueblo venezolano ha emprendido ya el camino. Imparable.

Es la lucha por la dignidad: "Ya era hora de emprender la lucha para que en el ancho feudo de la violencia reinase algún día la justicia". Ramón y Cajal espera en su paseo que, un día de estos, una mujer de mi Venezuela libre coloque una tricolor sobre su pecho abierto. Ese día, como socio calasancio de nuestro Premio Nobel, sé que volverá a pasear por el Retiro.