Duración media del llanto, tres minutos». El tiempo medio para que usted lea este artículo. Así se expresaba Julio Cortázar, que entre rayuelas y famas, instruyó sobre el arte y la técnica de la llorera. El argentino recomendaba, para llorar, dirigir la imaginación a uno mismo, pues debemos ser un abismo de aflicciones y murrias.

Además, para los más descreídos en sí mismos por haber contraído la costumbre de creer en la vida exterior y poder dar la vuelta al día en ochenta mundos, recomendaba el profesor que pensásemos en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del Estrecho de Magallanes en los que no entra nadie nunca. En España también se puede llorar por los golfos, que han sido accidente geográfico frecuente en presidios, y por los estrechos, que los hay que no sueltan un euro para pagar el café aunque sean torturados bajo el fuego, todo el fuego abrasador, de la Escuela de Calor que padecemos.

De un tiempo a esta parte nos ha dado por criticar a quienes lloran en público, y no han sido escasos los pensadores con anabolizantes cerebrales que han descerrajado entre dientes «de casa hay que venir llorado». Testosterona de izquierda y de derecha. A decir verdad, de casa se puede venir de muchas maneras y todas ellas son participio.

Ya que somos la única especie animal que exuda lágrimas emocionales, incluso por la nariz si llega el caso, que al menos nos dejen hacerlo como nos venga en gana. Y que ningún profeta nos juzgue, por mucho que el ser inhumano que gima nos pueda parecer despreciable. Dejémosle llorar, que bastante pena tiene. Entre valles de lágrimas y valles de los caídos transitamos por esta vida.

Somos los españoles especie de lágrima rápida y de solución de emergencia, frente a otras culturas introvertidas donde la contención lagrimal está horadando la salud de sus ciudadanos. Es el caso de Japón. En las islas del Pacífico norte se llevan a cabo «sesiones de lloros» en las plantillas de las empresas con el objetivo de que los trabajadores suelten el lastre afectivo que les paraliza y así mejoren su productividad.

Pero hete aquí que en la era de la economía circular y líquida, que por algo se llora, el trabajo de hacer llorar recae en unos profesionales que se llaman Ikemeso dansi o quitalágrimas, jóvenes apuestos que, a razón de sesenta euros por sesión, secan dulcemente las lágrimas con un pañuelo de seda y acarician las mejillas para que el plañidero restablezca su compostura felizmente.

A este paso, en nuestro país, como no se forme Gobierno y no ceje el calor, habrá que recurrir a Ikemesos. Y que vaya el Ministerio de Educación preparando un nuevo grado universitario. A cuarenta grados a la sombra.