Ha transcurrido casi un mes desde que un diputado en el Congreso de los Diputados escupió a un ministro. O no. ¡Pío, Pío, que yo no he sido! Si bien es cierto que el lanzamiento de espumarajo no se produjo en la Cámara de Pío García Escudero, sino en la Cámara de Ana Pastor, bien haría la presidenta del Congreso de los Diputados en instalar otra cámara para analizar la jugada, que sobra BAR y falta VAR para regocijo de ujieres, trencillas de columna diaria y opinadores de tres al cuarto.

Y es que los españoles somos productores masivos de gargajos, flemas y enzimas. Pues hasta los independentistas son diestros, o siniestros, según la dirección, en gallos y salivazos, que en expectoraciones andamos equilibrados en la Península. "Siempre tenían en la boca algo que escupir y les era indiferente donde lo escupían". Así se las gastan en Informe para una academia los simios de Kafka, el mismo autor de El proceso –traducido al catalán como El procés–, que ha de ser autor de obligada lectura entre los diputados esputadores.

"Escribo como escupo. Contra el suelo /.../ y contra el cielo". Setenta años se cumplen de este verso de Blas de Otero, y hay una España que escupe al suelo, otra al cielo, y una tercera que contempla el espectáculo como quien ve llover. La España que hace suyo el título de la obra de Boris Vian Escupiré sobre vuestra tumba, que mira hacia las fosas comunes y hacia la fosa del Valle, que riega de espuma el pasado para no enfrentarse al futuro. Esa España que se rompe y que escupe al suelo para marcar territorio, como lo harían los catastros nacionalistas.

Hay deportistas como Rafa Nadal que no escupen porque no padecen complejos de pertenencia, mientras otros, sobre todo futbolistas, podrían dar respuesta a las necesidades del trasvase Tajo-Segura. Pero hay otra España que escupe al cielo, la de la arrogancia y la del redentorismo, la que desafía la ley natural de la gravedad, que cosa grave es, para acabar ungido en su cara con su propia saliva.

Y hay una España diferente, a veces indiferente, que ve escupir, hacia arriba y hacia abajo, de este a oeste y de norte a sur, y aguanta el chaparrón como puede. Hay una expresión de uso argentino, "escupir el asado", que hizo inmortal José Hernández en su Martín Fierro, en un verso sobre el Viejo Vizcacha: "Si ensartaba algún asao, / ¡pobre!, ¡como si lo viese! / poco antes de que estuviese / primero lo maldecía, / luego después lo escupía / para que naides comiese".

Así nosotros que hemos deshilvanado el sentido mismo de la tolerancia, que hemos despreciado nuestro sentimiento de identidad nacional, que hemos sembrado el cisma en la cima de nuestro más próspero presente. Que parece que no tenemos remedio como sociedad y, en cambio, no nos resignamos. Porque España nos duele a quienes no escupimos el asado y no caemos en la tentación de dar coartada a quienes pretenden romper nuestro vínculo colectivo como nación. Me resisto a pensar que somos ingobernables. Pero cada vez hay más personas que lo piensan, ahora y en 2019.