Pasaría Ernest Hemingway en la España del nuevo milenio por ser un machista, dipsómano, 'abrazanovilleros' y humeador de faria en faena de Ventas a las cinco de la tarde. Y faena es que esa España que rezaba por Eva, la primera en el Paraíso, y, sin embargo, adoraba a Ava, la Gardner, en noches de entrepierna y humedal franquista, haya enterrado a sus mitos, timos ahora en la hora nueva del siglo XXI.

En la España del AVE soterrado y del dictador desenterrado, ya pocos leen El viejo y el mar, una de las últimas obras de ese loco americano que acabó quitándose la vida misma. En este país de oportunidades, a veces perdidas, me ofrezco como guía de tabernas, bodegones y pulperías en este paccionado Madrid que fue posada del Premio Nobel, mientras sigan doblando campanas desde la Almudena hasta San Andrés.

Con ojos de aguamarina, Santiago, el protagonista de la historia, a la sazón un viejo pescador cubano, sale a la mar por última vez para demostrarse a sí mismo que puede volver a capturar un gran pez. No olvida, a pesar de los años, que es perito en el arte del arpón, quizá el mejor de su generación, y que, aunque pesa la desmemoria colectiva, quien fue gran pescador seguirá siéndolo. Héroe solitario en el mar, consigue pescar un gran pez espada y libra una batalla heroica y onírica, donde no se llega a saber quién captura a quién: "Deja que él me lleve si quiere".

Ese nudo pletórico que forman el pescador y el pez, con permiso de Moby Dick, se rebela con el ímpetu de la juventud olvidada, para defenderse de todos los tiburones que van dentellando al pez, hasta convertirlo cuando llega a la costa en una gran espina esquilmada por los escualos. Cometió el gran error de alejarse mucho de la orilla y así perdió al pez: "Cománse eso, galanos. Y sueñen con que han matado a un hombre".

Juan Carlos I como Santiago, y cierra, España. Hubo un tiempo en que el mejor arponero de la España democrática capturó un pez, el ser más luminoso de todas las mares. Y ese pez, que se jura con excusas de mal pagador en el Congreso de los Diputados, fue atacado inmisericordemente por bandas de tricornios en la Carrera de San Jerónimo, por pistoleros con rifle de imprecisión desde el alto de Porto Pi y por narcisistas y descreídos que piensan que el pasado es escoria de antepasados. Y cuando el viejo pescador llega a la orilla, ahora emérito por méritos propios, descubre que los tiburones huelen sangre constitucional.

Hay un joven en la novela, Manolín, que sale en su defensa y le reconoce el valor. Para los críticos que no cometen errores, y hacen de los errores de los demás castigo en vida. Para los 'papólatras' que creen en la infalibilidad del Papa y de ellos mismos. Para todos ellos, hoy, como Manolín, quiero dar humildemente gracias al pescador. Surcó el océano y regresó.