Hizo bien el Vaticano en aplicar el VAR cuando, erróneamente, el diario La Repubblica publicó que el infierno no existía. El tiempo que transcurrió desde que se puso en boca del papa Francisco esa afirmación hasta que se desmintió oficialmente hizo sacudir los cuerpos sepultos de Dante, el Bosco, Rodin, Botticelli o del mismísimo Da Vinci, que va camino de convertirse en el próximo pregonero post mortem del Día del Orgullo Gay. Hasta los orcos andaban desorientados por la Gran Vía de Madrid buscando un surco por donde volver al fétido averno.

Juan Pablo II cerró las puertas del limbo y tiró las llaves al mar de Galilea, a pesar de que debieron quedar confinadas unas cuantas almas descarriadas en su interior. Y sobre el Paraíso, ni siquiera San Mateo, que era recaudador de impuestos, pudo llegar a presagiar el cacumen e ingenio avanzados de los españoles, pues el Paraíso para nosotros o era fiscal, o no era.

Afirman que RTVE es lo más parecido al purgatorio, y respecto al cielo, por favor, no me lo toquen. Sabemos que el cielo puede esperar, hasta tanto no finalice la autopista que comenzó a construir Michael Landon años después de abandonar La casa de la pradera. He llegado a pensar que el actor neoyorquino podría haber sido un buen ministro de Fomento, pues anduvo entre autovías célicas y viviendas unifamiliares, aunque, a decir verdad, ahora no se habla de casas en las praderas sino de la extensión que tienen las praderas de las casas.

El Apocalipsis limita a 144.000 el número de los escogidos, y allende las polémicas teologales, debe estar en proceso de elaboración la directiva para delimitar el contingente de refugiados al que abrirá las puertas San Pedro, pues en la tierra ya han abierto las del Palacio de la Moncloa. Y ya puestos a hablar de Apocalipsis, hoy y ahora, Marlon Brando debe timonear su barca en el delta del Ebro, buscando el corazón de las tinieblas entre el levante otoñal donde Serrat pedía sepultura entre la playa y el cielo. Que Dios nos coja confesados.

Entre el ejército de ángeles que acompañan a Dios, existe una jerarquía descendente, desde el coro de los principados y arcángeles, hasta el coro de tercer nivel de los serafines, querubines y tronos. Entre ambos niveles existen las dominaciones, las virtudes y las potestades, que, a buen seguro, es escala reglamentaria de funcionarios y de prohombres de mérito y demérito político. En la rasante inferior de los coros celestiales, me faltan los azorines, en memoria de nuestro gran periodista y escritor. Fue Azorín quien, a contracorriente del pesimismo de hace un siglo, buceó en el «alma de las pequeñas cosas» frente a quienes se abismaban en «el alma de nación».

Hoy el alma nacional vacila en un bancal mientras millones de españoles buscan respuesta a sus pequeñas cosas. Hay días que somos hijos de un Dios menor. Otros, de un Dios salvaje y furioso. Pero necesitamos al Dios de las pequeñas cosas. Cicatricemos la herida del alma, porque más cuesta cicatrizar la herida de la hipoteca, del colegio de los niños, de la dependencia o de la factura de la luz. Nuestras pequeñas cosas. Tan pequeñas.