Españoles, Rutger Hauer ha muerto. Hace algún tiempo, en este lugar donde los bosques se vestían de espinos y no de incendios funerarios, el presidente Arias Navarro anunciaba la muerte del dictador con esta prosopopeya.

Hoy, en la España de los protectores de huevos de gallina, los miembros del Gobierno no hablan de inhumaciones sino de exhumaciones, quizá porque muchos no recuerdan la profecía de Fernando Vizcaíno Casas: "Y al tercer día resucitó". Será que el desentierro está paralizado por el presupuesto prorrogado y las restricciones propias de un Gobierno en funciones, o por los servicios mínimos de los sepultureros.

Para los menos cultivados en la primera generación de androides, Rutger Hauer fue el actor que dio vida en Blade Runner al replicante Roy, modelo Nexus 6 de Combate, enfrentado a vida o muerte con un carpintero de Chicago travestido en actor llamado Harrison Ford.

En el trance final, herido de muerte bajo la lluvia torrencial y con una paloma atrapada entre sus manos que tomará vuelo en el momento del aliento definitivo, pronuncia el siguiente soliloquio: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir". El robot se humaniza en un momento final memorable.

Aunque pueda parecer quimera, habrá que evitar que algún diputado vuelva a llamar "bien comidos pasajeros" a los emigrantes del buque Open Arms. No seré yo quien determine el estado nutricional del pasaje, porque sencillamente lo desconozco y por eso mismo me ahorro calificaciones, pero quiero recordar una conversación que tiene lugar en la película: "Diseñados para imitar a los humanos en todo menos en sus emociones. Pero había una posibilidad de que desarrollaran emociones propias. Odio, amor, miedo, enojo, envidia. Así que tomaron precauciones. ¿Cuáles? Les dieron cuatro años de vida".

Los mismos cuatro años de mandato de un parlamentario. Por eso, mesura y comedimiento a la hora de hacer afirmaciones, porque, puestos a actualizar el monólogo, también "yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar barcos de inmigrantes a la deriva en el Mediterráneo más allá de Benidorm. He visto concertinas brillar en la oscuridad expandidas como un bandoneón cerca de las puertas de Ceuta y Melilla. Todo esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir". No deseo la muerte ni a mi más acérrimo enemigo replicante, pero solo espero que en el cielo de los robots se piense mejor.