Cuarenta años después, entre vapores y humo de julio, regresa Lola Herrera con Cinco horas con Mario. La obra de Delibes es la novela de un adulterio, la fotografía en blanco y negro del pequeño burgués español en su vida de provincias, un enfrentamiento entre una mujer viva, que representa paradójicamente valores en vías de extinción, con un hombre muerto, que, al contrario, encarna los principios de una sociedad liberal y progresista, en definitiva, de una sociedad en movimiento.

Por ser, es una lectura sobre el enfrentamiento entre las dos Españas y el trance de la reconciliación, y sobre la intolerancia de una sociedad autárquica frente a la libertad.

Escuchando estos últimos meses algunos discursos doctrinarios, cuesta creer que haya políticos y hasta periodistas que hayan nacido en los ochenta y en los noventa, pues rayan la paranoia intentando redescubrir la Guerra Civil, el tardofranquismo o la transición a su antojo y discreción. Viven su propia distopía, su irrealidad a costa de repetir como una salmodia una historia antigua que no se sabe muy bien quién les contó.

Pero para narrar una historia o para urdir un relato político deberían acudir a las fuentes y releer a los clásicos, porque presiento que tanta exposición pública y tanto tactismo 5G le puede llevar a alguno al más irremediable de los esperpentos.

Y esta reflexión viene a cuento de que cuando hablan, más allá del cansancio existencial que produce la indigesta proclama ideológica a todas horas, pienso que están viviendo atrapados en el despacho de Mario, no en el mío, sino en el de ese personaje difunto de cuerpo presente al que su viuda, Carmen, le dedica un soliloquio único. Cinco horas en las que narra treinta años de un matrimonio fracasado, pero que simboliza la historia de un fracaso colectivo.

En el próximo debate de investidura, entre la simplicidad intelectual y la algarabía parlamentaria, habrá diputados que seguirán anclados en ese espacio escénico, volcados en su flashback, rehenes de un pensamiento retrospectivo que ya no recuerdan siquiera cuando se fraguó.

Carmen, entre versículos de la Biblia y reproches de ultratumba, recuerda cómo Mario llegaba afirmar en vida que sus dos hermanos, republicano uno y nacional otro, "pensaban lo mismo" y que no tenía dudas de que se podían hallar "héroes de los dos lados". A mí me escandaliza que haya representantes políticos que hayan hecho del maniqueísmo su forma de entender la sociedad, dividiéndonos en buenos y malos, honestos y deshonestos, dignos e indignos, tolerantes e intolerantes.

Lo dicho, no habían nacido, pero alguno transita todavía por el viejo despacho de Mario. Y lo que es peor, alguno deambula por el triste salón de los pasos perdidos de la Carrera de San Jerónimo.