Es vicio de escribanos prensar letras y agarrotar palabras para demostrar que sabemos escribir y hasta que podemos pensar. Y somos traviesos, cuando toca serlo e incluso cuando no debiéramos. Enfermedad de ególatras. Viene todo esto a cuento, y no a cuenta, de que en otoño de 2000 andaba escribiendo un anteproyecto de ley que posteriormente vería la luz en Cortes Generales gracias a la disciplina de la división de poderes.

Como se me había encomendado la tarea de libretista de la norma, tuve la ocurrencia de cifrar un mensaje oculto en el texto, que aún hoy se podía desencriptar en el Boletín Oficial del Estado, al modo y uso con que los Beatles descubrieron el backmasking o la introducción de mensajes subliminales en las letras de las canciones.

Todo esto viene a cuenta, y no a cuento, de que llevo una temporada obsesionado nuevamente con Ana Belén y es episodio recurrente en mi cruda existencia. Me levanto al ritmo de Contamíname, almuerzo con el dueto con Banderas, el de la palma de Cannes, No sé por qué te quiero, y deshago cama con España, camisa blanca de mi esperanza.

Soy errático en costumbres musicales y he venido a encontrarme con Ana Belén después de haber convivido una temporada con el Arrebato y con Sabina, y haberme divorciado de ellos. Otra vez será porque la vida es muy larga. Y algún fermento cabalístico tiene que tener la música de la madrileña porque en sus letras está la clave y razón de cuanto viene pasando de un tiempo a esta parte en este país de pactos.

La noche del 26 de mayo todo era Derroche, ostentación y parodia de operación triunfo en todos los cuarteles electorales: Y la noche es testigo de esta inmensa locura, aunque bien sabían que la madrugada rompería con la melodía de Qué será: En todos los sentidos, qué será qué será / que no tiene decencia y no la tendrá / no puede estar prohibido y no lo estará / pues no tiene sentido.

Al pronto de las primeras declaraciones de algunos líderes políticos tras doce horas de insomnio, se tarareaba Desde mi libertad: Siempre había sido / una mitad sin saber mi identidad. A lo que contestaba, como Pimpinela en celo, la contraparte al ritmo de Noche de máscaras: Que hoy yo soy / de la forma que me quieras ver / lo que quieras pedir te lo doy / seas quien puedas ser.

Ando ahora perdido en los acordes de La mentira: Y hoy resulta / que no soy de la estatura de tu vida / y al dejarme casi se te olvida / que hay un pacto entre los dos. / Por mi parte / te devuelvo tu promesa de adorarme / ni siquiera sientas pena por dejarme / que ese pacto / no es con Dios. Confieso que tengo temor a escuchar otra vez A la sombra de un león, aunque sea uno del Congreso. Que se vaya preparando, que voy a por Aute. Slowly.