Corea del Norte ha lanzado un misil balístico con alcance suficiente para impactar en Alaska o Hawái. Este es el último paso en una escalada de tensión, alimentada por la intensificación de los ensayos nucleares y de misiles norcoreanos y por la estrategia de ‘máxima presión’ del Gobierno de Trump.

Estamos inmersos en una dinámica delicada, pues el riesgo de conflicto bélico, aunque escaso, es creciente, a medida que Corea del Norte se acerca a poder alcanzar con sus misiles las grandes ciudades de la costa oeste norteamericana. Esto hará que se incremente el sentimiento de inseguridad en Estados Unidos y, por consiguiente, la presión sobre un presidente cuyas acciones son difícilmente previsibles. 

El desafío nuclear norcoreano no debería intentar resolverse por la vía militar, demasiado arriesgada y de dudosa eficacia, ni puede contrarrestarse exclusivamente mediante sanciones, debido a la capacidad de resiliencia del régimen norcoreano. Habría que explorar una vía diplomática que combinase un diálogo bilateral (Washington-Pyongyang) y otro multilateral entre los principales actores regionales.

Estas negociaciones deberían orientarse a congelar el programa nuclear norcoreano, pues, al menos de momento, nada hará que Kim Jong-un renuncie total-mente a un arsenal nuclear que considera imprescindible para su seguridad.