Groso modo, cuando hablamos de hombre machista nos referimos al que sitúa a la mujer en un nivel inferior, cambiando sus derechos por permisos concedidos por sus iguales, los hombres. Cuando hablamos de mujer machista nos referimos a aquella que defiende la capacidad del hombre para conceder estos "permisos".

Si hablamos de sociedad machista, nos referimos al conjunto de personas que se sitúa en la fina línea que separa la igualdad de su miedo a ser desplazado de su posición de poder. Así se ha creado a modo de coalición espontánea una nueva entidad que por defender su posición, por intentar frenar un nuevo estado social en el que ya no se distinguirá al rey de la princesa, apoya las actuaciones violentas de los violentos. 

Se llama delito a una acción que va en contra de la ley, pero esto no siempre queda claro cuando se trata de una agresión sexual. Porque si la ley deja una fisura por la que se cuela que una agresión a una mujer puede ser delito o parte de un juego sexual que sale mal, la incertidumbre que esto genera pasa a engrosar el bando de la coalición.

Vamos a ser sinceros: no se ve de la misma manera al asesino de una mujer que al de un hombre. La motivación machista subyacente pone en tela de juicio su naturaleza delictiva. Y yendo un poco más allá, quizá quien defiende el maltrato, el abuso sexual, la agresión sexual y aun el asesinato a mujeres por supremacía machista, en realidad siente que cualquier día puede pasarle a él, ya que se identifica con el violento e intenta construir una plataforma de garantía de su propia seguridad. 

Por esto es tan difícil denunciar para una mujer. La mujer agredida sabe que no solo debe enfrentar a su agresor, sino a la coalición frecuentemente oculta y que en cualquier momento puede ejercer su papel desprestigiándola por cualquier decisión de su vida, sin que tenga nada que ver con su denuncia.