Hay bastantes razones de por qué fallaron tanto las encuestas electorales el 26-J. Un primer grupo de razones tiene que ver con los votantes. Es fácil justificarse diciendo que había muchas posibles fugas de votos o que los votantes del PP tienden a ocultar su voto. Pero ninguna de estas razones debería conformarnos. La famosa 'cocina' de las encuestas sirve precisamente para eso: para corregir y calibrar este tipo de sesgos.

El segundo grupo de razones tienen que ver con las propias encuestas. El muestreo (es decir, la forma en que se selecciona a los encuestados) y el método de administración (cara a cara, telefónica u online) condiciona el tipo de personas que responden. Es más probable que conteste una encuesta un joven de una gran ciudad con gran interés por la política que una señora de una pequeña aldea. Y probablemente ambos tengan diferentes preferencias de voto.

Pero esto tampoco es excusa. Aunque no sea tarea fácil, las casas de encuestas deberían considerar también estos posibles sesgos. La 'cocina', de nuevo, es aquí fundamental.

Quizá lo que falla no son las encuestas, sino lo que esperamos de ellasPero por encima de todo, hay una última razón de la que casi nunca se habla: los márgenes de error. Como no se pregunta a toda la población sino solo a una muestra, los porcentajes que obtenemos podrían ser algo distintos si hubieran respondido otras personas. De ahí que en rigor las estimaciones se deban dar con intervalos. Deberíamos decir por ejemplo: "El PP obtendría 29,3 más menos 2% de votos, es decir, entre 27,3 y 31,3%". Pero esto no entra en un titular. Muchas de las encuestas preelectorales tenían márgenes de error de hasta más menos 4. Por no mencionar que los resultados se disputan en 52 circunscripciones. Acertar a nivel de provincia incrementa muchísimo más los márgenes de error. Me atrevería a decir que lo raro es que acertaran.

Es comprensible que cuando fallan aumente el descrédito de las encuestas. Pero quizá lo que falla no son las encuestas, sino el rol que les damos, lo que esperamos de ellas. Nos fijamos demasiado en los pronósticos electorales porque los resultados –ya sean de fútbol o de política– son los que abren los telediarios y llenan las portadas de los periódicos. Nos gusta saber quién gana, quién pierde y cómo va la competición. Nos gustan los datos, pero nos preocupamos mucho menos por los porqués. Pero si solo nos centramos en la estimación, que es justo donde las encuestas menos sirven, olvidamos cuestiones como por ejemplo los problemas que preocupan a los votantes, si les influye la corrupción o cómo influye su posición en el mercado de trabajo.

No hay que desconfiar de las encuestas. Simplemente hay que saber qué es lo que podemos y lo que no podemos esperar de ellas.

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