MARÍA RAMOS. POLITÓLOGA

La prohibición de publicar encuestas pierde sentido en una sociedad digital

María Ramos, politóloga.
María Ramos, politóloga.
JORGE PARÍS

Este lunes era el último día legal para publicar encuestas electorales, y es que en España está prohibido por ley difundir durante los 5 días previos a las elecciones sondeos o encuestas que incluyan intención de voto y estimación de escaños.

La legislación española sobre sondeos electorales es muy estricta sobre el papel. No sólo se imponen límites sobre las fechas de publicación, sino que también se regula en detalle los criterios sobre su veracidad. Alguno de estos criterios pueden tener sentido, pero lo cierto es que en comparación con otros países la regulación es demasiado férrea. Y también las penas. La ley establece que el incumplimiento de la normativa en materia de encuestas electorales puede suponer multas económicas (de 3.000 a 30.000 de euros), penas de prisión (de 3 meses a 1 año) o inhabilitación para el ejercicio de la profesión (de 1 a 3 años).

A pesar de todo, sabemos que no vamos a descansar de encuestas de aquí al domingo. En Andorra se seguirán publicando trackings diarios, y en las redes sociales el mercado de votos se convertirá en un mercado de frutas. Dejaremos de hablar de porcentajes de votos o de escaños de PP, Podemos, PSOE o Ciudadanos y pasaremos a hablar de a cuánto está en Andorra el litro de agua, o el kilo de berenjenas, fresas y naranjas. Cualquier cosa para sortear una prohibición que cada vez tiene menos sentido en una sociedad digital. De hecho en Estados Unidos, Reino Unido, Países Bajos o Alemania no existe ningún tipo de restricción para la publicación de encuestas. Y en Portugal y en Francia sólo se prohíbe publicarlas el día antes.

Pero sobre todo, la prohibición de publicar sondeos electorales no tiene sentido porque se basa en un supuesto injustificado. El supuesto de que impiden tomar una decisión sosegada y verdaderamente libre. La realidad es que aunque casi nadie permanece ajeno a sondeos o encuestas preelectorales, pocas personas consideran que les influyen de manera crucial en el voto. En las pasadas elecciones del 20 de diciembre, 2 de cada 3 electores (el 63%) tuvo conocimiento de algún sondeo o encuesta electoral. Sin embargo, de ellos, apenas 1 de cada 4 (el 22,5%) reconoció que este tipo de encuestas le influyó algo en su voto. A los pocos electores a los que les influyeron los sondeos para lo que les sirvieron es para reforzar lo que ya sabían, ayudarles a decidir o animarles a votar. ¿Qué hay de malo en ello?

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